Buscar este blog

viernes, 17 de noviembre de 2017

El faedo y los gritos. (Audio)

El faedo y los gritos. (En Hoy por Hoy León, 17 de noviembre de 2017)

Mi primera intención ha sido titular este artículo “hacer el jabalí”. Se me había ocurrido a cuenta de un paseo que he dado hace poco por el Faedo de Ciñera y resulta que ese “hacer el jabalí” ha cobrado vida con el vídeo que ya habrás visto en el que un grupo de senderistas hace caer a uno de estos animales por un precipicio de la Ruta del Cares.

Ya ves. Yo que iba a hacer una broma sobre los gritos que unos jóvenes paseantes proferían en la calma del bosque de hayas de Ciñera y resulta que me encuentro hoy con la noticia de estos otros caminantes bautizados senderistas que empujan a un jabalí hasta que se despeña. Si te fijas en el vídeo, del grupo de personas que matan al animal, los hay que lo hacen con miedo, con cierta reserva, con distancia. También hay quien actúa con la seguridad del que hace lo que debe, los que sencillamente miran y dos que deciden grabar el momento con sus cámaras: uno que se ve y el que no sale en las imágenes, pero que nos sirve el punto de vista desde el que contemplamos la escena. A pesar del respeto que produce un jabalí que te aparece en el camino, me cuesta entender lo necesario de la acción. Quizá sencillamente se les fue la mano, quizá se dejaron llevar por el impulso del miedo, quizá se vieron en el borde del precipicio y decidieron en un acto heroico que se trataba de ellos o del animal. Explicación habrá. Es solo que, visto desde fuera, quien parece estar haciendo el jabalí no es precisamente el jabalí. Y lo que es más asombroso es que alguien difunda el vídeo de la hazaña. Parece que no nos damos cuenta de las consecuencias que tiene pulsar el botón “enviar” o “publicar”. Creo que esa inconsciencia con la que usamos las redes sociales es, antes que nada, el fruto de nuestra ignorancia, pero también de nuestra falsa inocencia, de nuestra extraña manera de abordar la vida: seguimos siendo infantiles perdiendo la pureza de la infancia.

¿Qué les pasaba a esos jóvenes que gritaban en Ciñera perturbando la magia del Faedo? ¿Por qué se divertían molestando al resto con sus alaridos? Entiendo su entusiasmo, porque el bosque estaba precioso y hacía un día de luz espléndida y el sol se ponía levantando brillos en las escasas hojas que todavía andaban por las ramas de las hayas y ya sabes cómo es el Faedo, que a lo mejor no es el más espectacular de todos los que tenemos, pero tiene la fuerza de la mina en sus entrañas, la belleza de la piedra descarnada en sus extremos, la magia del abrazo en el arroyo, en el alfombrado de otoño, en las retorcidas ramas de los cuentos. Sonaron los gritos en esa atmósfera de cuento que flotaba como las motas de polvo en el sol del invierno en aquella galería de los juguetes, esa terraza en la que tenías las Nancys o los indios del fuerte. Rasgaron sus voces la cristalera de la infancia. No importó, porque los colores del otoño se mantuvieron firmes en la retina de los que no habían salido a sacar fotos que nadie verá luego. ¡Qué torpes somos! ¿Quién nos enseña a salirnos de la infancia sin decirnos que no es menos infantil quien más grita o quien más empuja?


A medida que uno crece pierde lo que sabía de niño. A medida que uno crece va olvidando lo que sabe. El lunes es el Día Internacional de la Infancia; busca un minuto para tu recuerdo.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Monstruos de bolsillo. (Audio)

Monstruos de bolsillo. (En Hoy por Hoy León, 10 de noviembre de 2017)

La información que aparecía ayer en un periódico de la capital, según la cual un juzgado de León investiga una posible conexión de la ampliación del contrato del agua de San Andrés del Rabanedo con la operación Pokemon, me trasladó a los tiempos en los que mis hijos veían aquella serie infantil. “¡Hazte con todos!”, era el grito de guerra. Había unas bolas que se vendían en los quioscos con las que se podían atrapar los Pokemons, nada que ver con la sofisticación del Pokemon go que se instaló en los móviles de millones de personas hace un par de veranos. De las rudimentarias trampas físicas con las que los niños intentaban atrapar sus pequeños monstruos de juguete a la sofisticación de la caza virtual, pero sin perder la filosofía del atrapar. Esa es la idea: “¡Hazte con todos!”.

Así es que la noticia de la investigación del número cinco en relación a los contratos de suministro de agua del Ayuntamiento de San Andrés me sugiere por lo menos tres vías de reflexión: la del agua misma, la del mandato de hacerse con todo y la de los Pokemons, esos monstruos de bolsillo.

Que el agua es oro lo hemos aprendido desde muy niños los que hemos nacido en las tierras del sur. Hace algunos años, cuando en Galicia todavía llovía de verdad, me parecía inaudito ver correr el agua por el monte sin que nada la recogiera. Me asombraba tanto derroche. Ahora ya todos vamos sabiendo que el agua es un bien preciado y comprendemos por qué circula tanto dinero a su alrededor. Quizá es eso lo que impulsó en su día a algunos directivos de aquella desaparecida empresa de aguas que movió cielo y tierra para conseguir contratos en aquel momento de euforia en el que la proclama de la vida económica era ese “hazte con todo”. Es un afán que me parece tan humano como reprochable y entiendo el impulso de acumular, de recoger, de acaudalar y ya ves que me salen verbos que se llevan muy bien con el agua, aunque en realidad de lo que estamos hablando es sencillamente de dinero. La gallina de los huevos de oro ha sido la cosa pública con esa capacidad gomosa para el endeudamiento, gomosa digo por plástica, elástica y pegajosa. Ayer casi me mareo cuando escuchaba las cifras de endeudamiento del Ayuntamiento de Madrid, que hablamos de miles de millones de euros como si no tuviera que pagarlos nunca nadie. Es como el agua, que diría Camarón, como el agua clara que baja del monte, esa que me dejaba estupefacto detrás de una curva en aquella divina tierra gallega.


Y hoy se ocupan de ello los juzgados. Aquellos polvos se mezclan con el agua y nos traen estos lodos, porque no es posible atraparlo todo y además ocurre que las pisadas en el barro, si es que las hay, dejan marcada una huella que permanece en el tiempo cuando se seca. Cada uno se las tiene que ver con sus monstruos. Cada uno siempre termina mirándose cara a cara en el espejo de su monstruosidad, porque todos somos pequeños monstruos en algún aspecto, incluso en el de la corrupción. Todos hemos sido pequeños corruptos en la medida de nuestras posibilidades y a muchos nos ha cegado el afán de atrapar todo lo más posible en algún momento de la vida. Es un error. Sabes que es un error. Sabes que es mejor no tener monstruos en el bolsillo, aunque eso suponga tenerlo completamente vacío.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Hundido en la carcoma muerta. (Audio)

Hundido en la carcoma muerta. (En Hoy por Hoy León, 3 de noviembre de 2017)

A veces la única forma de conservarse es hundirse en lo inerte. Uno tiene la idea de que se mantiene a flote porque trabaja y está activo, porque va y viene y produce y hace una, dos, tres, mil cosas. Esa vaga idea de que hacer mucho nos mantiene tensos y nos regala vida no es del todo correcta. Lo estás viendo. Ahora se comprende mejor por qué digo a veces que la mejor forma de construir es no hacer nada, el mejor quehacer es la quietud.

Hay un principio del Tao que dice: “nada hago y nada queda por hacer”. Es cierto que ese “nada hago” no es literal, sino una metáfora de la serenidad y la calma. Hay dos formas de acción: una en la que la acción es un medio para un fin y otra en la que esa idea instrumental desaparece porque no hay finalidad alguna que se deba perseguir. Así resulta que no hacer y hacer, por ejemplo este artículo, no es importante para algo que no sea este momento en el que tú y yo hablamos. No persigo nada con ello, salvo el hecho mismo de estar hablándote. Así es como yo entiendo el “no hacer” y eso me conduce a la tranquilidad de que las cosas están donde deben, porque siempre es así, porque no puede ser de otra manera, porque lo que ocurre es lo único real. Me pregunto si será de esto de lo que hablan todos esos comentaristas del tema catalán cuando aluden al Principio de Realidad o si se estarán refiriendo a la idea freudiana pura y dura. No lo sé y poco importa. Me consuelo pensando que este pequeño no hacer que es contarte estas cosas, modifica en algo tu desasosiego y te conduce al bienestar, aunque solo sea este ratito en el que me escuchas sin prestar demasiada atención a mis palabras, oyendo la música de lo que digo en el fondo lejano del ruido del día.

Y el ruido del día trae, entre tantas cosas, la mortaja de la salud pública, la apuesta por aligerar las listas de espera derivando enfermos a hospitales privados que, no lo olvidemos, se plantean como negocios y no como servicios. Dice la noticia que la Junta pagará ochocientos cincuenta y seis mil euros a hospitales privados leoneses para que realicen ochocientas setenta operaciones quirúrgicas de cirugía general, aparato digestivo y traumatología. Soy muy malo con los números, pero me parecen muy baratas esas operaciones y eso me hace pensar en el principio: a ver si va a resultar que la mejor manera de tener salud pública es no tenerla. Ya sabes aquello de “para poca salud, ninguna”. Un amigo mío, que ha tenido a su madre sufriendo una de estas derivaciones durante un mes, ha terminado con el cartel de “familiar agresivo”, porque estaba cansado del ir y venir de pruebas, radiografías y cambios de medicación. Al final su madre está en casa más o menos como estaba antes de empezar con la odisea. Ya sé que esto es un hecho puntual y lo normal es que la sanidad funcione de maravilla, por eso acudimos siempre a ella.


La alternativa es esconderse en uno mismo, permanecer hundido en la carcoma muerta, porque es más antigua que tú y no te incordia. Hay quien dice que la controla con un plástico porque la carcoma nace donde muere. No se pasa de un mueble a otro y así, encerrada en ese plástico oscuro que la cubre, mantiene su ciclo de vida y muerte sin hospitales públicos ni privados. Un bicho que no hace nada y nada deja sin hacer.