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viernes, 17 de noviembre de 2017

El faedo y los gritos. (Audio)

El faedo y los gritos. (En Hoy por Hoy León, 17 de noviembre de 2017)

Mi primera intención ha sido titular este artículo “hacer el jabalí”. Se me había ocurrido a cuenta de un paseo que he dado hace poco por el Faedo de Ciñera y resulta que ese “hacer el jabalí” ha cobrado vida con el vídeo que ya habrás visto en el que un grupo de senderistas hace caer a uno de estos animales por un precipicio de la Ruta del Cares.

Ya ves. Yo que iba a hacer una broma sobre los gritos que unos jóvenes paseantes proferían en la calma del bosque de hayas de Ciñera y resulta que me encuentro hoy con la noticia de estos otros caminantes bautizados senderistas que empujan a un jabalí hasta que se despeña. Si te fijas en el vídeo, del grupo de personas que matan al animal, los hay que lo hacen con miedo, con cierta reserva, con distancia. También hay quien actúa con la seguridad del que hace lo que debe, los que sencillamente miran y dos que deciden grabar el momento con sus cámaras: uno que se ve y el que no sale en las imágenes, pero que nos sirve el punto de vista desde el que contemplamos la escena. A pesar del respeto que produce un jabalí que te aparece en el camino, me cuesta entender lo necesario de la acción. Quizá sencillamente se les fue la mano, quizá se dejaron llevar por el impulso del miedo, quizá se vieron en el borde del precipicio y decidieron en un acto heroico que se trataba de ellos o del animal. Explicación habrá. Es solo que, visto desde fuera, quien parece estar haciendo el jabalí no es precisamente el jabalí. Y lo que es más asombroso es que alguien difunda el vídeo de la hazaña. Parece que no nos damos cuenta de las consecuencias que tiene pulsar el botón “enviar” o “publicar”. Creo que esa inconsciencia con la que usamos las redes sociales es, antes que nada, el fruto de nuestra ignorancia, pero también de nuestra falsa inocencia, de nuestra extraña manera de abordar la vida: seguimos siendo infantiles perdiendo la pureza de la infancia.

¿Qué les pasaba a esos jóvenes que gritaban en Ciñera perturbando la magia del Faedo? ¿Por qué se divertían molestando al resto con sus alaridos? Entiendo su entusiasmo, porque el bosque estaba precioso y hacía un día de luz espléndida y el sol se ponía levantando brillos en las escasas hojas que todavía andaban por las ramas de las hayas y ya sabes cómo es el Faedo, que a lo mejor no es el más espectacular de todos los que tenemos, pero tiene la fuerza de la mina en sus entrañas, la belleza de la piedra descarnada en sus extremos, la magia del abrazo en el arroyo, en el alfombrado de otoño, en las retorcidas ramas de los cuentos. Sonaron los gritos en esa atmósfera de cuento que flotaba como las motas de polvo en el sol del invierno en aquella galería de los juguetes, esa terraza en la que tenías las Nancys o los indios del fuerte. Rasgaron sus voces la cristalera de la infancia. No importó, porque los colores del otoño se mantuvieron firmes en la retina de los que no habían salido a sacar fotos que nadie verá luego. ¡Qué torpes somos! ¿Quién nos enseña a salirnos de la infancia sin decirnos que no es menos infantil quien más grita o quien más empuja?


A medida que uno crece pierde lo que sabía de niño. A medida que uno crece va olvidando lo que sabe. El lunes es el Día Internacional de la Infancia; busca un minuto para tu recuerdo.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Monstruos de bolsillo. (Audio)

Monstruos de bolsillo. (En Hoy por Hoy León, 10 de noviembre de 2017)

La información que aparecía ayer en un periódico de la capital, según la cual un juzgado de León investiga una posible conexión de la ampliación del contrato del agua de San Andrés del Rabanedo con la operación Pokemon, me trasladó a los tiempos en los que mis hijos veían aquella serie infantil. “¡Hazte con todos!”, era el grito de guerra. Había unas bolas que se vendían en los quioscos con las que se podían atrapar los Pokemons, nada que ver con la sofisticación del Pokemon go que se instaló en los móviles de millones de personas hace un par de veranos. De las rudimentarias trampas físicas con las que los niños intentaban atrapar sus pequeños monstruos de juguete a la sofisticación de la caza virtual, pero sin perder la filosofía del atrapar. Esa es la idea: “¡Hazte con todos!”.

Así es que la noticia de la investigación del número cinco en relación a los contratos de suministro de agua del Ayuntamiento de San Andrés me sugiere por lo menos tres vías de reflexión: la del agua misma, la del mandato de hacerse con todo y la de los Pokemons, esos monstruos de bolsillo.

Que el agua es oro lo hemos aprendido desde muy niños los que hemos nacido en las tierras del sur. Hace algunos años, cuando en Galicia todavía llovía de verdad, me parecía inaudito ver correr el agua por el monte sin que nada la recogiera. Me asombraba tanto derroche. Ahora ya todos vamos sabiendo que el agua es un bien preciado y comprendemos por qué circula tanto dinero a su alrededor. Quizá es eso lo que impulsó en su día a algunos directivos de aquella desaparecida empresa de aguas que movió cielo y tierra para conseguir contratos en aquel momento de euforia en el que la proclama de la vida económica era ese “hazte con todo”. Es un afán que me parece tan humano como reprochable y entiendo el impulso de acumular, de recoger, de acaudalar y ya ves que me salen verbos que se llevan muy bien con el agua, aunque en realidad de lo que estamos hablando es sencillamente de dinero. La gallina de los huevos de oro ha sido la cosa pública con esa capacidad gomosa para el endeudamiento, gomosa digo por plástica, elástica y pegajosa. Ayer casi me mareo cuando escuchaba las cifras de endeudamiento del Ayuntamiento de Madrid, que hablamos de miles de millones de euros como si no tuviera que pagarlos nunca nadie. Es como el agua, que diría Camarón, como el agua clara que baja del monte, esa que me dejaba estupefacto detrás de una curva en aquella divina tierra gallega.


Y hoy se ocupan de ello los juzgados. Aquellos polvos se mezclan con el agua y nos traen estos lodos, porque no es posible atraparlo todo y además ocurre que las pisadas en el barro, si es que las hay, dejan marcada una huella que permanece en el tiempo cuando se seca. Cada uno se las tiene que ver con sus monstruos. Cada uno siempre termina mirándose cara a cara en el espejo de su monstruosidad, porque todos somos pequeños monstruos en algún aspecto, incluso en el de la corrupción. Todos hemos sido pequeños corruptos en la medida de nuestras posibilidades y a muchos nos ha cegado el afán de atrapar todo lo más posible en algún momento de la vida. Es un error. Sabes que es un error. Sabes que es mejor no tener monstruos en el bolsillo, aunque eso suponga tenerlo completamente vacío.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Hundido en la carcoma muerta. (Audio)

Hundido en la carcoma muerta. (En Hoy por Hoy León, 3 de noviembre de 2017)

A veces la única forma de conservarse es hundirse en lo inerte. Uno tiene la idea de que se mantiene a flote porque trabaja y está activo, porque va y viene y produce y hace una, dos, tres, mil cosas. Esa vaga idea de que hacer mucho nos mantiene tensos y nos regala vida no es del todo correcta. Lo estás viendo. Ahora se comprende mejor por qué digo a veces que la mejor forma de construir es no hacer nada, el mejor quehacer es la quietud.

Hay un principio del Tao que dice: “nada hago y nada queda por hacer”. Es cierto que ese “nada hago” no es literal, sino una metáfora de la serenidad y la calma. Hay dos formas de acción: una en la que la acción es un medio para un fin y otra en la que esa idea instrumental desaparece porque no hay finalidad alguna que se deba perseguir. Así resulta que no hacer y hacer, por ejemplo este artículo, no es importante para algo que no sea este momento en el que tú y yo hablamos. No persigo nada con ello, salvo el hecho mismo de estar hablándote. Así es como yo entiendo el “no hacer” y eso me conduce a la tranquilidad de que las cosas están donde deben, porque siempre es así, porque no puede ser de otra manera, porque lo que ocurre es lo único real. Me pregunto si será de esto de lo que hablan todos esos comentaristas del tema catalán cuando aluden al Principio de Realidad o si se estarán refiriendo a la idea freudiana pura y dura. No lo sé y poco importa. Me consuelo pensando que este pequeño no hacer que es contarte estas cosas, modifica en algo tu desasosiego y te conduce al bienestar, aunque solo sea este ratito en el que me escuchas sin prestar demasiada atención a mis palabras, oyendo la música de lo que digo en el fondo lejano del ruido del día.

Y el ruido del día trae, entre tantas cosas, la mortaja de la salud pública, la apuesta por aligerar las listas de espera derivando enfermos a hospitales privados que, no lo olvidemos, se plantean como negocios y no como servicios. Dice la noticia que la Junta pagará ochocientos cincuenta y seis mil euros a hospitales privados leoneses para que realicen ochocientas setenta operaciones quirúrgicas de cirugía general, aparato digestivo y traumatología. Soy muy malo con los números, pero me parecen muy baratas esas operaciones y eso me hace pensar en el principio: a ver si va a resultar que la mejor manera de tener salud pública es no tenerla. Ya sabes aquello de “para poca salud, ninguna”. Un amigo mío, que ha tenido a su madre sufriendo una de estas derivaciones durante un mes, ha terminado con el cartel de “familiar agresivo”, porque estaba cansado del ir y venir de pruebas, radiografías y cambios de medicación. Al final su madre está en casa más o menos como estaba antes de empezar con la odisea. Ya sé que esto es un hecho puntual y lo normal es que la sanidad funcione de maravilla, por eso acudimos siempre a ella.


La alternativa es esconderse en uno mismo, permanecer hundido en la carcoma muerta, porque es más antigua que tú y no te incordia. Hay quien dice que la controla con un plástico porque la carcoma nace donde muere. No se pasa de un mueble a otro y así, encerrada en ese plástico oscuro que la cubre, mantiene su ciclo de vida y muerte sin hospitales públicos ni privados. Un bicho que no hace nada y nada deja sin hacer.

viernes, 27 de octubre de 2017

Out of the Box. (Audio)

Out of the Box. (Escrito para ser emitido en Hoy por Hoy León el 27 de octubre de 2017. La emisión se canceló debido a los acontecimientos de Cataluña)

Todavía se cimbrea el aire humilde del genio en la atmósfera plácida de este León nuestro que está en los cielos de la cultura. Uno reconoce a un genio cuando lo ve, aunque no lo haya leído nunca, aunque no lo haya oído nunca interpretar su música, aunque nunca haya visto un cuadro suyo o una fotografía. Y el miércoles por la noche, bajo los focos que encendían el MUSAC, había un genio recogiendo un premio. Cualquiera que hubiera estado allí lo habría sabido ver.

Yo ya venía avisado —tenía esa ventaja—, porque tengo la suerte de aprender de mis alumnos y fue gracias a un antiguo alumno como supe de la existencia de Mircea Cartarescu, un autor “en principio desconocido”, o al menos desconocido para mí. Me lo enseñó mi querido Borja, quien se asoma desde París a esta pequeña ventana leonesa de la radio, y me habló con tanta pasión de sus escritos que me animé a acudir a la entrega del último premio Leteo. No el último por ahora, sino lo que parece ser definitivamente el último. No voy a llorar porque se pierda esta ocasión de tener en León una vez al año a uno de los grandes genios de la literatura mundial contemporánea, porque ya advirtió Saravia que no se trata de eso, así es que me animo a compartir contigo un momento de magia como el que se nos sirvió el miércoles a la luz de los ladrillos del Museo.

La magia estuvo en la voz de Cartarescu, que rasgó el silencio con su milagro y descorchó escalofríos en toda columna vertebral. Te traigo algunas de sus ideas para que las repienses, porque a mí todavía me hacen pensar. Dijo algo así como esto: “el mundo tiene el diámetro de mi cerebro y mi esperanza es poder reflejar todo lo que está a mi alrededor del mismo modo en que lo hace una gota de rocío”. Luego habló del Wittgenstein del Tractatus y recordó aquellos pensamientos que a mí tanto me turban, aquellos pensamientos que me conducen a la jaula de hierro del lenguaje. El mundo es mi mundo, porque el mundo es el lenguaje y los límites de mi mundo, son los límites de mi lenguaje. Yo no puedo ir más allá de mis palabras. No puedo escapar de esto que digo, porque hay un espacio para lo inexpresable, eso de lo que el filósofo austríaco dijo que no se podía hablar, y ese espacio es el de la poesía, el de la belleza, el de la gracia. Y cuando lo tocas, lo sabes, pero no lo puedes decir, porque es inexpresable. En cambio, para un niño resulta natural.

Entonces ocurrió el milagro y Cartarescu dijo lo que nunca pensé que oiría. Dijo que escribir, para él, es un intento de poner dinamita en la frente, de hacer volar en pedazos esa pared, ese límite, para poder expresar lo inexpresable. Poder expresar lo inexpresable, salir de la inexorable jaula de hierro del lenguaje, esa que nos deja perplejos, atrapados por las palabras rituales, las palabras mágicas, las benditas palabras nuestras de cada día que nos sacan al mundo de las flores y el rocío, ese espacio fuera de los límites en el que vuela solo ya lo inexpresable, como ese caballo que corre hacia la meta cuando el jockey sabe permitir que corra con toda su potencia sin serle un peso, sin serle un freno, sin hacerle daño.


Luego dijo que su madre tenía el talento de soñar. Y me quedé pensando si mis hijos sabrían reconocer en mí algún talento.

viernes, 20 de octubre de 2017

El remolino del sueño. (Audio)

El remolino del sueño. (En Hoy por Hoy León, 20 de octubre de 2017)

Observo tu mirada clavada en mi nuca. Me ocurre desde siempre, desde la primera vez que me senté a hablarte en esta mesa, desde aquel día lejano en el que me temblaban los papeles en la mano y te traté de usted. Ahora te tuteo y he dejado el colectivo “ustedes”, porque siento tu presencia tan cercana que advierto la responsabilidad de lo que digo en cada sílaba. Por eso tengo ciento cincuenta y cinco razones para callarme. Y una más, esta extraordinaria, de la que ya te hablé hace quince días, porque el viernes pasado nos escondimos detrás de las pastas y de los quesos y de los vinos y las cecinas, los manjares que todavía no eran de Reyes, pero que ahora lo son. Te eché de menos.

Tu  mirada en mi nuca señala cada instante. Me siento turbado por tu alegría. Lo dice el joven Escipión en palabras escritas por Camus: “Mi desgracia es que lo comprendo todo”. Lo comprendo todo. Me doy cuenta de tu presencia, del modo en el que recoges mis palabras y de mi responsabilidad. Por eso te digo que hoy me alegro con la ciudad toda de que León, manjar de Reyes haya tenido éxito. Quiero masticar cada letra de este artículo para colaborar con el aroma de la victoria y creer, con todos, en que dos mil dieciocho va a ser un año de excelente cosecha para nuestra economía, para la economía de todos, porque todos bebemos de la misma fuente y todo nos afecta. Brindemos por lo que vendrá.

Noto tu mirada, pero lo comprendo todo y veo también la nuca de los otros. No estoy hablando de Cuenca, la perdedora, aunque podría. Ni siquiera hablo de mi silencio. Te hablo de un viaje en el tiempo hacia mi memoria, un viaje por los sabores de otros días: esos sabores que León tendrá que recuperar para armar la fiesta del dieciocho. Un viaje por la piel de los monasterios que terminó en Gradefes, precisamente escuchando de boca de Reyes la necesidad de cocinar con medida todo lo que digo y allí se me quedó la mirada clavada en la cabeza de algunas mujeres que llevaban escrito en el pelo el remolino del sueño. Ya sabes de qué hablo, de esa marca que se queda en el pelo cuando dejas caer la cabeza sobre la almohada y la prisa te saca a la calle sin que hayas podido desanudar tu siesta. Habíamos ido por Mansilla y después nos volvimos por Puente Villarente. Un viaje por sabores que las piedras de la historia tienen que cocinar para que León, manjar de Reyes enseñe más pierna que la del lechazo.


No sé cómo saldrán los números, pero me imagino que bien. Estoy seguro de que saldrán bien, aunque es verdad que no se me ha ocurrido mirar en Huelva y eso que me traigo la luz de su costa siempre que puedo, como quien busca a alguien que le pueda traer la luna. Pero he mirado en el centro del remolino del sueño de tantas nucas que comprendo que el anhelo de la razón solo puede ser lo imposible. “Si hubiera conseguido la luna, nada habría sido igual”. Lo dice Calígula, no sé si antes o después de pintarse las uñas de los pies. “Y eso que sé, y tú también lo sabes, que bastaría con que lo imposible existiese”. Pero nadie nos ha traído la luna, de manera que seguiremos haciendo que lo posible brille con la misma luz que lo imposible. He mirado en tantos remolinos que me pasa eso, lo comprendo todo y además de lo que sufro, sufro también por lo que sufres. Lo comprendo todo.

viernes, 6 de octubre de 2017

El "soci". (Audio)

El "soci". (En Hoy por Hoy León, 6 de octubre de 2017)

Conozco muchos leoneses a quienes les gusta más el Barcelona que el Madrid o el Betis o el Bilbao. Una simple afición, eso que se llama “aficionados” o como mucho “seguidores”, porque siguen a ese equipo de fútbol y no a otro. Pero también conozco a algunos cuya afición va más allá de un mero seguimiento y se organizan en peñas y participan de la vida del club asistiendo a partidos incluso fuera de nuestras fronteras -perdón por utilizar la palabra “fronteras” en este contexto-. Aman a su equipo y odian al contrario.

Ayer en la prensa se publicó un comunicado de la peña leonesa del Fútbol Club Barcelona en el que anuncia la suspensión de todos sus actos en señal de protesta por la actuación de la directiva del Barça. Mientras tanto la vida sigue y la Cultural irá a Reus, si no ocurre nada nuevo en estos días y los jugadores catalanes seguirán en la Selección Española y posarán delante de las cámaras mientras suena el himno. Sería curioso que el lunes se proclamase en el Parlament la independencia de Cataluña mientras los jugadores catalanes defienden los colores de España en Israel. ¡Qué cosas tiene la vida, precisamente en Israel!

Me doy cuenta de que nunca he necesitado de tanto preámbulo para decir lo que quiero. Me doy cuenta de que mido las palabras con la sensación de que decir o no decir puede avivar fuegos. Pequeños fuegos, ya sé, pero no me apetece encender más discusiones y por eso mido las palabras, porque veo que cualquier palabra dicha de más o de menos encubre un daño, una agresión. Es lo que sucede en las situaciones de conflicto emocional. Lo han dicho muy bien en la peña leonesa del Barcelona. Se trata de un problema de corazón y no de cabeza. Y los problemas del corazón tienen muy mal arreglo por mucho que se hable y se hable.

Todo este preámbulo es porque tengo en los dedos el tema de Cataluña, pero me arde a través del corazón y no soy capaz de sacarlo hacia el papel. Sé que para este pequeño rincón de los viernes debería buscar temas diferentes de los que te acosan en los titulares a todas horas, pero soy incapaz de resistirme porque sufro el dolor de lo insensato. ¿Sabes que esta semana se ha cancelado un vuelo a Cuba vía Barcelona solo porque salía de Madrid? No logro entender esto de las fronteras en la tierra. ¡Cómo para entenderlas en el aire! ¡Imagínate si además son fronteras que no existen! Y el caso es que sé que esta insensatez galopa hacia la locura. Pero mi dolor no nace de ahí. Si te soy sincero, veo la sinrazón y la insania en todas las esquinas, pero no es eso lo que me hace llorar. Lloro porque este miércoles quise hablar con mi amigo Quique, un leonés en Barcelona que me contara cómo ve lo que está pasando, y me mandó un mensaje de respuesta su hermana. Un mensaje terrorífico, helador. La enfermedad con la que ha luchado tanto tiempo acabó con él este martes. Ya no podremos compartir penurias. Me quedaré sin su visión del conflicto. A cambio guardo en cada lágrima su último abrazo y pienso que por encima de los problemas del corazón están los asuntos del alma. Un socio se encuentra en cualquier parte, solo hace falta un interés común: ¡Qué se lo digan a Ramos y a Piqué!


Un amigo del alma es otra cosa y, cuando se va, se te abre una herida que no se cierra con nada.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Cachas y tatuados. (Audio)

Cachas y tatuados. (En Hoy por Hoy León, 29 de septiembre de 2017)

Hay un pasaje del Banquete de Platón que explica el modo en el que el alma se eleva hasta la contemplación de la belleza en sí a través de la experiencia sensible de las cosas bellas. Desde lo más carnal, hasta lo más descarnado. Desde lo impuro, hasta lo inmaculado. Cuando habla de las cosas bellas, se refiere en primer lugar a los cuerpos bellos, como primer eslabón de la cadena que conduce a la belleza misma, porque esos cuerpos bellos, a pesar de su impura encarnación, su despreciable materialidad, participan de esa belleza ideal inalcanzable para los sentidos, esa belleza que está más allá de la sensibilidad.

Pero eso son cosas de filósofos. Es más, eso son cosas de filósofos antiguos. Supongo que algo así deben pensar los muchachos de los conos, las muchachas vestidas de tangas. Ya sabes, esos que salen en el vídeo viral de las novatadas en la Universidad de León. Son muchachos y muchachas hechos para el deporte, esculturas vivientes que se formarán en la escuela de INEF y que se convertirán en profesionales de la preparación física. Las cosas de hoy. Cuerpos duros, firmes, trabajados. En la mayoría de los casos, no estoy seguro si también los del vídeo, cuerpos decorados por tintas simbólicas; cuerpos dibujados en el gimnasio repletos de estampas de fantasía, de nostalgia, de reverencia. A veces decoración, sencilla y pulcra decoración. ¿Quién no quiere un esclavo cachas y tatuado por unas semanas?

Esto de las novatadas es viejo como la propia universidad —habla con el Buscón Don Pablos y pregunta—. Solo que también es viejo como el mundo el sacrificio de inocentes y no por eso nos parece que sea aceptable. Quiero decir que esa juerga de cuerpos desnudos en el escenario no debería alarmarnos por su impudicia, creo yo. La clave de la alarma debería estar en la subasta, en el hecho de que los nuevos estudiantes puedan ser esclavos de otros por alguna extraña razón que a cualquier razón escapa, aunque sea una broma, aunque sea por voluntad propia, aunque sea por unos días. En la base de la idea de las novatadas está quizá —aunque mi profesor de antropología lo negara— la tradición de los ritos de paso, esa costumbre primitiva de realizar ceremonias o actividades que simbolizan el paso de la niñez a la edad adulta. Es verdad que, en nuestra sociedad moderna, estas novatadas no tienen lugar cuando los individuos adquieren la madurez sexual, algo que ocurre en los ritos de paso de las sociedades primitivas. Por otro lado, es dudoso decidir si se constituyen o no las llamadas “aldeas de edad”. Quizá la universidad se convierte en una aldea separada de la sociedad, con sus propias reglas y sus propias estructuras. Parece que mandamos a nuestros jóvenes a cazar al lobo al bosque y no los volvemos a recoger hasta que traen el máster en el zurrón. Otra cosa es lo que después este mundo mileurista haga con lo que han cazado.


Sean o no un rito de paso, hay que terminar con las novatadas. Nadie puede justificar semejante costumbre bárbara solo por la tradición, aunque los nuevos alumnos digan que se divierten, aunque lo hagan de forma voluntaria, aunque se lo pasen en grande haciendo el ganso por el campus o enseñando tableta y tatuaje. No sentirse vejado no anula la vejación. Si hay que montar una fiesta, que lo hagan, pero que eliminen esa idea de esclavo y señor.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Mantener siempre la ficción. (Audio)

Mantener siempre la ficción. (En Hoy por Hoy León, 22 de septiembre de 2017)

Lo que importa es mantener siempre la ficción. Lo decía un profesor a propósito de una clase que le costaba mucho controlar. Decía, “he descubierto que el modo de salir adelante es mantener siempre la ficción, porque yo sé que esto que hago no es dar una clase; mis alumnos saben que esto que hacen no es participar de una clase; pero mantenemos entre todos la ficción de que es una clase y si por el camino alguien aprende algo, eso que llevamos ganado”. Yo no creo en este modo tan funcionalista de ver las cosas. Me parece que el objetivo no puede ser que la cosa funcione o que por lo menos parezca que funciona. Creo que en la vida no se trata de conseguir que la cosa marche. En la vida se trata de vivir.

No obstante, a pesar de mi reticencia, tengo que darle la razón al profesor. Esta vida que llevamos no es más que un modo de mantener la ficción, sobre todo la ficción principal, es decir, esa que nos hace creernos inmortales. Mantenemos la ficción insensata de que mañana cuando nos despertemos seguiremos pisando el mismo suelo que pisamos cada día. Mantenemos la ficción cruel de que no ha muerto nadie en el terremoto de México, porque no ha muerto nadie conocido directamente por nosotros. Mantenemos la ficción indecente de que no nos afecta el dolor de los demás. Y lo hacemos porque sabemos que es el único modo de sobrevivir. Esto que parece una clase no es una clase, pero mantenemos la ficción de que lo es y si alguno se harta de la ficción y se marcha, no se va por su propia voluntad: se va porque el profesor lo expulsa.

Cuentan de un viejo profesor leonés de artes marciales que hace algún tiempo tuvo la oportunidad de recibir en su gimnasio a un gran maestro oriental. En aquel encuentro, este viejo profesor del que te hablo, haciendo valer su grado alto de preparación, le pidió al maestro que hiciera una demostración. El maestro solo dio una patada, aparentemente sin gran esfuerzo. El profesor leonés mantuvo la ficción de que no había pasado nada. Cuando se retiró para cambiarse y descubrió el enorme moratón que le cubría todo el pecho, se dijo a sí mismo: “pero no grité”. Esa es la clave a la hora de mantener la ficción, agrupar todo el dolor que uno es capaz de soportar en un solo moratón y hacerlo apretando los dientes, sin la necesidad de gritar. No sé si sirve de algo. No sé si eso de mantener la ficción mientras la cosa funciona es operativo y nos lleva a la felicidad. Creo que es más un modo de eludir la realidad. Fíjate que no hago ningún juicio, solo pienso que nos movemos en este marasmo de ficciones que entorpece la verdad, si es que eso de la verdad existe.


Es como Larry David en la película de Woody Allen: hay que lavarse las manos cantando dos veces cumpleaños feliz para asegurarse de que la cosa funciona. La superstición es la ficción más humana desde que el mundo es mundo. Vuelvo a decirte que no hago juicios. No voy a meter en este saco las creencias o las pasiones de cada uno, aunque se podría. Vamos a hablar claramente de lo oculto, vamos a hacer un simposio que lo desvele. Más allá de la ficción de cada uno, ese desvelamiento, esa aletheia, ese descorrer el velo de lo oculto y sacarlo a la luz es el único modo de alcanzar la verdad. Habrá que ver qué ficciones aguantan y cuáles se desmoronan, pero será simple curiosidad.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Caer al palo del percebe. (Audio)

Caer el palo del percebe. (En Hoy por Hoy León, 15 de septiembre de 2017)

Es tan difícil olvidarse de la belleza de la vida de uno como recordar cada instante de malas experiencias, cada error, cada paso mal dado. O quizá tan fácil. Me cuesta decidir. Sé que olvido con facilidad: cada curso que comienza, por ejemplo, olvido las caras y los nombres de los chicos que se fueron para dejar sitio a los nuevos que aparecen en mis libretas de notas vacías a la espera de la constatación de cómo se han ido alcanzando esos estándares de aprendizaje de los que nos hablan las leyes. Me olvido con facilidad y sobre todo me olvido con mucha facilidad del mal, en especial del mal que se me hace, pero también —lamento tener que confesarlo— el mal que ocasiono.

Ayer por la mañana me encontré con un amigo de tiempos mejores. Tiempos en los que la economía era de otra manera; las minas producían carbón que no se quedaba mirando llegar camiones extranjeros a las centrales térmicas; los campos daban frutos porque no había esas heladas primaverales, esas sequías desnortadas de tiempos de cambio climático; las empresas vendían sus productos y todo el mundo compraba casas con dinero que los bancos prestaban con o sin esperanza de recuperación, casas para vivir una vida buena, una vida de confort y alegría. Este amigo mío —déjame que le llame Emilio por referencia a Rousseau y su idea del buen salvaje— mantiene la elegancia de aquellos tiempos, la sonrisa y el saber estar. Es un hombre de gran corazón y me serviría como ejemplo de que cualquier hombre en estado de ausencia de civilización es salvajemente bueno, no porque sea incivilizado, sino porque lo que pueda tener de perverso es imputable a la presión salvaje de esta sociedad para triunfar. Me gustó recordar con él esa otra vida. Me gustó sentir que, a pesar del tiempo transcurrido, seguimos pudiendo decir que somos amigos. Y me gustó saber que se nos han olvidado los malos ratos.

Y resulta que unas horas antes me saludó en la Delegación de Hacienda una antigua alumna, cuyo nombre he olvidado, que empujaba un carrito de bebé y llevaba un niño de la mano. Si él es el Emilio, ella tiene que ser la Madre Coraje que nos dibujó Brecht en su tragedia y la llamaremos Anna por esa razón. Esta Anna, cuya belleza recordaba, amparaba toda su angustia en su necesidad. ¿Cómo has llegado a esta guerra? —le preguntaría— ¿Qué vas a hacer cuando esta guerra terrible te arrebate a tus hijos? Pero ella sonreía a todo el mundo y empujaba el carro y tiraba de todo y salía fresca y airosa hacia la Gran Vía de San Marcos. La guerra destruye a los débiles, pero esos revientan también en la paz, parecía querer decir, como una más de las cientos de miles de Anna Fierling.

Son tiempos sombríos. Verdaderamente son tiempos sombríos. La cosa es que seguimos comiendo y bebiendo como si no lo fueran, como si todos nuestros problemas se resolvieran siendo el centro de la gastronomía nacional, como si ese inmigrante que busca cobijo en cualquiera de nuestros agujeros sociales no estuviera hecho del acero del barco en el que escapó del miedo: duro como la piedra que ha tenido que saltar. Olvidará todo para seguir sonriendo. Como tú y como yo que, si nos dejan, caeremos al palo del percebe a la menor oportunidad, o al de la morcilla, que en cuanto a manjares, todo es cuestión de capital.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Las primeras amebas. (Audio)

Las primeras amebas. (En Hoy por Hoy León, 8 de septiembre de 2017)

No sé si lo sabes, pero compartimos más mecanismos genéticos con las amebas que los que nos diferencian. Solo eso explica que haya quienes piensan que quemar un monte puede tener algún beneficio. De todo lo que ha pasado este verano solo quiero hablarte del fuego. Lo demás no cuenta. Ni la playa, ni el Camino de Santiago, ni los baños en la poza, ni los paseos con el perro, ni la lectura en la hamaca del porche, ni los chorizos parrilleros en la barbacoa del jardín. Podríamos hablar de la sequía, es cierto, pero creo que todo se derrite ante el fragor terrorífico del fuego.

Y el fuego está en nuestras miradas, lo sé. El fuego es una metáfora de nuestro ser, porque chispean moléculas de toda condición en roces ardientes más allá de nuestra piel y alrededores, hasta en lo más íntimo de cada víscera, hasta en lo más sereno de nuestros sueños más plácidos hay fuego siempre eterno, que se enciende según medida y se extingue según medida —aquella cosa rara que le dio por decir al hipocondríaco de Éfeso—. Fuego y proporción. Somos lucha permanente, guerra de opuestos.

Pero con saber eso, con saber de la tensión de nuestro ser más real, con saber del fuego en el origen del orden, no basta para disculpar la barbarie del pirómano. Quizá tengamos clavadas en nuestra memoria genética las llamas de la hoguera de aquellas cuevas trogloditas. Quizá sepamos que cocinar nos dio una ventaja evolutiva ante los que nunca encendieron su cocina. Quizá la luz de las antorchas alumbró gestas que nos han hecho poderosos. Pero no. No podemos dejar que el beneficio de algunos, o la locura, o el descuido, arrasen la vida. Y no pienso en la Cabrera, que desde luego, sino también en Doñana o en el desolador dibujo de los montes portugueses.

Prender fuego es alimentar el miedo. Las primeras amebas solo tenían una ocupación: reproducirse. Tengo un amigo que lo traduce diciendo que, como puede verse, desde las primeras amebas lo único importante es el amor. Te dice eso y después te pregunta cuándo es la última vez que te has enamorado —otros te preguntan si estudias o trabajas, pero a él le gusta esto de las amebas y el amor—. La inercia de la naturaleza es la de mantenerse viva; pero nosotros, que somos naturaleza desnaturalizada, venimos a empujar para que no pueda hacerlo. Somos una especie de ameba prodigiosa que no colabora en su duplicación. Parece que para ti que plantas fuego, no hay más paz que mi cadáver. Un día habrá en el que el monte esté limpio, la ciudadanía concienciada y las cuadrillas anti-incendios cobren por no apagar los fuegos. Ojalá que no sea porque ya no queda nada que quemar.


Me parece que fue el lunes. En la tarde apacible de la chopera, junto al río, unas mujeres repartían naipes en un banco sobre un tapete improvisado con una especie de colcha. Metros más allá, algunos hombres jugaban al boliche y, en otras mesas más apartadas, unos jóvenes se dejaban las neuronas en una partida de ajedrez. El fuego estaba en la calma de los chopos, pero no ardían. En las terrazas las conversaciones quemaban oxígeno a litros sin ninguna combustión. La vida se escapaba por el césped. ¿Cuánto hace que te has enamorado por última vez? —me preguntó mi amigo. 

Amebas en duplicación.

viernes, 30 de junio de 2017

Pongámoslo en un sitio cómodo: por ejemplo, en Gandía. (Audio)

Pongámoslo en un sitio cómodo: por ejemplo, en Gandía. (En Hoy por Hoy León, 30 de junio de 2017)

Y como este viernes es el último de la temporada, vamos a ponerlo en un sitio cómodo: por ejemplo, en Gandía. No es que me guste Gandía más que Salou o Torremolinos. Tampoco es que elija la playa por encima de otro destino. Es solo que me quedé con la frase al pasar al lado de una conversación y escuché cómo alguien le decía a otra persona: “No te preocupes. Lo mandamos a Gandía y ya está”. Así es que vengo a decirte que este ratito del viernes lo empaquetamos por un tiempo y lo ponemos en un sitio cómodo. Me parece bien Gandía, pero si tiene que ser Jaca o Arenas de San Pedro, tampoco me parece mal. Como si quieres que se quede durmiendo al fresquito del Museo de la Colegiata de San Isidoro bajo la sombra del Cáliz de Doña Urraca o en las marmitas de gigante del desfiladero de Los Calderones en Piedrasecha. Un sitio cómodo es lo que necesita este ratito del viernes para descansar hasta nuevo aviso.

Pero no lo mandes a cualquier lugar como quien se lo quiere quitar de encima a cualquier precio. No lo aparques en cualquier sitio, porque los ratitos de viernes, aunque sean modestos como este ―pequeños ratitos de la hora del aperitivo que se acurrucan entre la agenda del fin de semana y las historias de Pepe un poco antes de las noticias de la una― tienen su corazoncito y les molesta pensar que los quitas de ti de cualquier modo, como quien se saca lo que le sobra de la nariz y lo deja en un pañuelo en la basura o tirado entre las rayas que separan las baldosas. Fíjate que es estupendo ir a Gandía, pero mira que es odioso pensar que te están mandando allí para que no estés en otra parte. Por eso este ratito del viernes que se despide hasta más ver quiere encontrar un estante alegre y agradable; un cajón escondido en tu recuerdo hasta el que pueda llegar un rayo de luz de luna; un hueco en el asiento de tu coche viajando por una autovía desierta en el que sentir que el sol calienta cuando sale.

Y si además hay festivales de sonidos o de luces o de mares o de bosques o de ríos o de noches en blanco o de museos o de charlas o de arenas o de paseos junto al cielo de las caricias, será mejor. Pero eso es ya pedir mucho. Déjalo en buscarle un lugar cómodo. Un paraíso en el que recuperar el tono perdido tras los excesos o un infierno en el que excederse definitivamente para olvidar el buen tono. Todo estará bien siempre que no sea apartarlo a un lado para que no te estorbe.

Un ratito de viernes adormecido por el calor del vermú helado se mete en cualquier parte. Cabe en la mochila más pequeña que puedas organizar para el más largo viaje.

Y si las cosas vienen mal dadas, piensa que la mejor forma de afrontarlas es comprender que ese hueco en el que te cabe nuestro ratito del viernes es tan grande como quieras permitir que tu pena se ensanche y se diluya o se estreche y se compacte. Esa es elección tuya.


Este es el comentario número cuarenta de la temporada: Alí Babá y los cuarenta ratitos de viernes que se colaron en las ondas como ladrones.   

viernes, 23 de junio de 2017

Todo lo que se puede apretar un pasodoble. (Audio)

Todo lo que se puede apretar un pasodoble. (En Hoy por Hoy León, 23 de junio de 2017)

      Yo te tenía que hablar del tobogán, por la cosa del vértigo y el agua. Te tenía que hablar de la hoguera, por decirte de lo que vuela en chispas por el cielo, derritiendo deseos escritos en ceniza. Tenía que hablarte de la feria, de la ciudad improvisada más allá del polígono de la Lastra a escasos metros de ese punto en que se abrazan el Torío y el Bernesga, a un buen paseo de la explanada en la que las atracciones lucen su aire de ensueño sin que nadie habite junto a ellas: mundo en colores sin ropa tendida. Tenía que hablarte de bailes y conciertos, de desfiles, de exposiciones, de todo eso que se esconde en los programas de la fiesta. Tenía que decirte hoy que llevan días sonando las orquestas. Tenía que hacer esas cosas.

         Tenía que morder el pan por la encetadura. Tenía que recordar que nací el mismo día en que nació la psicópata de Móstoles que alimenta la enfermedad en el pulmón de ese jefe que no quiere serlo. Tenía que rematar mis cremalleras en todas mis pequeñas grietas. Tenía que recordar que el suelo está para ser pisado y los sueños para olvidarse. Tenía que volver a decir que el compromiso y el sacrificio son lo que nos da la vida. Tenía que hacer ese tipo de cosas que se espera que haga uno en el penúltimo comentario el día en el que empiezan las fiestas. Tenía que ponértelo fácil. Tenía que decir cosas sencillas. Tenía que alegrarme de que ya ha llegado el verano. Tenía que saltar al grito de cobarde. Tenía que rodearme de triste pasión de fiesta. Tenía que empezar a pensar en recoger mis cosas y marcharme.

         “¿Sabes cuánta grasa tiene eso?”. Una pregunta como un disparo en el bocata de un adolescente a la hora del recreo. “¿Sabes cuánta grasa tiene eso que te estás comiendo?”. Y sin embargo no voy a hacer nada. Sin embargo voy a decirte que tengo la caja llena de cosas que me gustaría “desver”, como los hay que tienen el cuerpo marcado de señales construidas con el verbo desoír. Y sin embargo, cuando la hoguera esta noche levante el velo de San Juan, seguiré preguntándome: “¿Ahora qué?”. Podría preguntármelo con acento de Arkansas; podría rumiarlo como esas vacas que se han comido las remolachas de Fresno de la Vega; podría maullarlo como un gato que se queda en el iris con el reflejo de la luna. Podría decirte que la magia se ha esfumado en el humo de la noche. Podría decirte que ese sueño que tienes es un sueño que cuesta muchas letras, es un sueño alto de gama.

         Y en realidad solo voy a contarte que me gusta la verbena, que siento el juego de la música del acordeón haciendo cosquillas en mis deportivas y que todo esto que te digo cabe en un sencillo pasodoble, si lo apretamos mucho, si lo bailamos lento, si lo sacamos de la fábrica de fuego que hay en el tendido de la plaza de toros, porque ese es un pasodoble que se aprieta al miedo.

Yo prefiero el otro, el que se escapa en el polvo de la pista de baile desde el suelo hasta lo más alto de un tobogán gigantesco.

         Un pasodoble que aprieta el viento. Esa es la pintura de la fiesta.    

viernes, 16 de junio de 2017

Eclosión de garrapatas. (Audio)

Eclosión de garrapatas. (En Hoy por Hoy León, 16 de junio de 2017)

         Lo habrás oído en la radio. Tenemos en León una plaga de pulgones y mosquitos debido a los cambios bruscos de temperatura. Nieto Nafría lo ha explicado con claridad; hasta nos propone un experimento de bayeta amarilla para que veamos cómo los pulgones se sienten atraídos por ese color. La descripción que hace del pulgón es poética, sobre todo cuando dice que extiende sus alas en tejado. Esa observación minuciosa de lo pequeño es la actitud que frena el tiempo. Hablo de mí, de mi tiempo. Te lo cuento a propósito de algo que he hecho muy mal estos días en los que me he dejado llevar por el empuje de la ola de calor y he resbalado en la espuma hasta verme arrastrado en las piedrecitas de arena de la orilla de la realidad. ¡Hay que ver cómo te dejan la barriga!

         Ya les he pedido perdón a ellos, así es que no es importante la materia, pero sí cuenta el cuento. Y el cuento es que en esa eclosión de bichos que nos rodea por el fuego de este junio sin tormentas, hay uno que es especialmente picajoso. Mi abuelo se las quitaba a los perros ahogándolas en aceite, decía, y tirando después con unas tenazas o con un alicate: una barbaridad que hace temblar cualquier albéitar, supongo, porque hoy acudimos a tratamientos antiparasitarios preventivos y atacamos con eficaces insecticidas. Lo malo es que las garrapatas no solo se agarran a la piel de los perros. Hay garrapatas que gustan de lo humano o se confunden. ¿Quién sabe? Y en medio de esa eclosión de bichos que nos rodea, las garrapatas han hecho de las suyas. En pocos días he tenido noticia de al menos dos ataques voraces que han terminado en urgencias. Revísate bien hasta los pliegues. Que una garrapata se le engancha a cualquiera.

         Pero vuelvo al suco, que me esnorto, como dice el gran Ful. El cuento es que uno siempre está pidiendo favores a los amigos y los amigos siempre te atienden y sientes que un poco eres una garrapata cuando llega un día que te llaman y te dicen: “Oye, moreno, que has tenido en tus manos algo que me interesaba y se lo has dado a otro sin decirme ni Pamplona”. Bueno, no con esas palabras: a lo mejor hasta te lo dicen en silencio; a lo mejor hasta te soportan chupando sangre sin darle importancia hasta que tú comprendas lo que has hecho. Lo bueno que tiene es que, como son amigos, no te ahogan en aceite, ni tiran de alicate, ni te embalsaman en insecticida. Solo te dan un cachete para que aprendas y te des cuenta de que las garrapatas tienen una vida muy corta, pero es que hay mucha garrapata suelta y, si vas deprisa, ni te enteras de que se te engancha o lo que es peor, no te das cuenta de que te has convertido en una de ellas.

         Un abogado que está inmerso en uno de esos movimientos de la banca que terminan en terremoto me decía hace una semana que vamos a llegar a la extinción por absorción, no sé si se refería a la especie humana, a la banca en general o a su banco en particular. Es la imagen de la garrapata gigante que absorbe por encima de su capacidad y termina como no me apetece contarte a esta hora tan apetecible del aperitivo.

viernes, 9 de junio de 2017

La mirada del gorila. (Audio)

La mirada del gorila. (En Hoy por Hoy León, 9 de junio de 2017)

         La primera vez que estuve en el Retiro lo hice de la mano de mi padre. Habíamos entrado por la esquina de Menéndez Pelayo junto a la Plaza de Mariano de Cavia. En mi recuerdo lejano sé que atravesamos la Rosaleda y en mi imaginación se dibujan puentes y arroyos, espacios mágicos para el juego, para el disfrute de otros chicos que tuvieran a su disposición aquel escenario de fantasías infinitas. Sé que no me solté de su mano, que temía perderme en aquel mar de senderos y que la seguridad de su presencia era el único modo de avanzar. En esa parte del parque por la que andábamos, junto a la Avenida Menéndez Pelayo, estaba la antigua Casa de Fieras del Retiro. Habíamos cruzado tan deprisa los jardines porque caminábamos hacia allí, hacia aquella verja verde que se abría a un universo de olores y miradas, colores y aventura. Ya había leído a Emilio Salgari y a Julio Verne, ya tenía una idea de lo exótico, había visto en aquella tele de blanco y negro películas de Tarzán y del Oeste, pero era la primera vez que tenía enfrente de mí un tigre, un león, un oso. Esa Casa de Fieras, aquel vetusto zoológico, está tomado hoy por los libros. Algunas dependencias se han transformado en la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías y en el paseo que está justo al lado se instala la Feria del Libro de Madrid.

         Ayer me invitó Héctor Escobar a un acto de firma de libros en la caseta de Editores de Castilla y León para promocionar Déjame decirte qué día es hoy, la novela que ha publicado en enero de este año la Editorial Eolas. No me preguntes por qué me vinieron al recuerdo las jaulas de la Casa de Fieras. Los libros, en los mostradores, esperaban el río de curiosos que caminaba en la placidez de la tarde calurosa con bolsas en las manos, asomándose a las casetas en las que los autores firmábamos, mostrando un interés en muchos casos impostado. A mi lado un joven autor hablaba con sus amigos de tendencias en las redes y planes para los próximos días. Cada poco se detenía algún curioso y le preguntaba por el precio de libros que no eran el suyo, confundiéndolo con un dependiente. Él se debatía entre ser amable o estar a su interés y finalmente intentaba colocar su producto hablando de Machado o de otros poetas con cierta despreocupación. Sé que citó a Machado, por Antonio, usando palabras de Manuel y que alguien le corrigió la cita y respondió con un: “¡Qué más da Manuel o Antonio, Machado al fin y al cabo!”

         Tal vez esa idea de fieras enjauladas sea solo para quienes se dejaron atrapar. Nosotros, otros autores que andábamos por ahí, todavía nos movíamos en libertad y entrábamos y salíamos a la jaula de las fieras, sabedores de que un escritor desconocido no está preso del interés de los demás. Incluso un Machado puede perder el nombre en este zoológico de las letras. Pero, en medio de tanta pose, estaba la verdad. Yo la supe después, cuando reconté los hechos y supe quienes habían estado conmigo. No es que los que no estuvisteis no contéis, es que los que estuvieron cuentan mucho. Sobre todo dos jovencitas, una que se escondía en su móvil y en la esquina de la caseta, que fue de la mano de su padre a visitar esta moderna Casa de Fieras y otra, la hija de mi amigo Juan, que me ganó con un cacahuete al hablarme de su gusto por la lectura, de sus intereses, de que hay futuro para el libro. 

viernes, 2 de junio de 2017

Corazón tan grande, corazón tan blanco. (Audio)

Corazón tan grande, corazón tan blanco. (En Hoy por Hoy León, 2 de junio de 2017)

         Igual no sabes que la Cultural ha ascendido a Segunda División. Si eres uno de esos poquísimos habitantes de León que todavía no se ha enterado, me gustaría decírtelo: la Cultural, en un partido que terminó en fiesta, remontó un gol en contra que le marcó el Barcelona B en la primera parte; acabó ganando con un golpe de fortuna para el empate y un descorche de gloria al despejar las telarañas de la portería contraria un chupinazo de Gallar, con lo que sube a Segunda División a lo grande, quizá, con permiso del Lorca, con quien juega otra vez este domingo, proclamándose campeón de Segunda B. Me encanta esta falta de concordancia entre “la Cultural” y “campeón”, una discordancia que terminó el domingo después de cuarenta y tres años de espera.

         Ya lo sabías, ¿verdad? Incluso tú que escuchas desde Bruselas o que te enchufas a la radio cuando puedes para oír este comentario en Madrid, en Toledo, en Málaga y que no estás muy al día en lo del fútbol, es posible que ya lo supieras, pero, si no lo sabías, me encanta haber podido darte la noticia. Es quizá una de las cosas más gratificantes que puede hacer un ser humano: dar noticias, dar buenas noticias, claro. Y no me digas que no te interesa el fútbol, porque eso es indiferente para la alegría de esta noticia. La del ascenso no es solo una buena noticia deportiva, es emocional, es económica, es cultural. ¿A que ahora sí te gusta la redundancia? La noticia del ascenso de la Cultural es cultural. Y si me dejas retorcerlo un poco, voy a decir que es una noticia “escultural”, pero esto ya es casi una bobada. Lo que pasa es que me atrevo a hacerte el chiste barato porque estoy viendo que usamos las palabras abusando de significados que en el lenguaje más cotidiano nos parecen ocultos. ¿Por qué no decir que el de la “Cultu” es un ascenso “escultural” si se puede decir que el encargado de “remover” al fiscal anticorrupción es el Fiscal General? Yo entendía que cuando alguien deja su cargo es despedido, cesado, destituido, pero esto de “removido” me duele en las entrañas, aunque sea correcto decirlo. Te diría que se me remueven las tripas, pero no me atrevo, no sea que se me vayan fuera de mí. Ya sé que es un uso del verbo “remover” aceptado por la RAE, como también terminará aceptando otros muchos términos que no están todavía en el diccionario; “macrocardia” y “megalocardia” he estado buscando esta mañana. Es algo maravilloso que tiene la lengua: genera realidad.


         Lo de la macrocardia es por el ascenso. Me apetecía contar la tarde del Reino de León como si la afición tuviera un solo corazón, un enorme corazón único, un corazón enfermo de megalocardia, un corazón tan grande que padeciese una macrocarditis, si es que eso existe en el mundo real ya que no en el de las palabras. Con el permiso de Javier Marías, valdría decir Corazón tan blanco, porque era un único corazón enorme vestido de blanco. Eso sí, un blanco Cultural, un blanco León, un blanco sentimiento de pertenencia, un blanco posibilidades turísticas para la ciudad. Es este corazón tan grande una prueba de que hay cosas que podemos hacer todos juntos. Una pena que por ahora solo sea el fútbol. Tiempo vendrá en el que sepamos latir a la vez por otras causas.

viernes, 26 de mayo de 2017

"Mardito roedore" (Audio)

"Mardito roedore" (En Hoy por Hoy León, 26 de mayo de 2017)

         El secreto para poder abrir la cafetera es no llenarla de café hasta el borde. Suele pasar que los problemas de hoy vienen de malas decisiones tomadas ayer. Por eso esta mañana, cuando te levantaste con prisa para ir a trabajar y no eras capaz de desenroscar la cafetera, hiciste mal en enfadarte con ella; tenías que haber sido consciente de que el problema estaba antes, justo cuando hiciste el último café. También tiene que ver que no la limpiaras en su momento, que no la dejaras lista para el uso de hoy, pero eso ya es un mal colateral, sobrevenido. El error lo cometiste antes. No obstante, ya has visto que no era imposible abrirla. Ha sido costoso, es cierto, pero al final la has abierto y has hecho un café. Es posible que hayas puesto demasiado ―todavía no sabías esto que te cuento― y la próxima vez que vayas a abrirla te vuelva a costar. Procura hacerlo con tiempo y, a partir de ahora, ya sabes: nunca permitas que se te llene de café hasta arriba.

         ¿Te acuerdas de Pixie y Dixie? Los perseguía el gato Jinks, que se traduce por “juerga” o “jolgorio”. Hablaba con acento andaluz y decía aquello de “mardito roedore” que se ha oído tantas veces también en los conciertos de Sabina. Aquel gato siempre anunciaba sus planes antes de ejecutarlos y luego se torcía todo. Casi podíamos decir que era un gafe o un cenizo. La verdad es que en inglés “juerga” y “gafe” suenan casi igual, por lo menos para mi oído. La idea es la misma que la de la cafetera. En nuestros planes ya va incluido el error. Si damos por hecho que la Cultural ya está en segunda y preparamos la juerga antes de tiempo, podemos encontrarnos con una cafetera muy dura de abrir. Pero yo creo que lo principal ya está hecho, ¿no te parece? Y creo que se ha hecho bien. Diría que la cafetera va con el café justo, que el domingo por la tarde nadie se va a quedar diciendo aquello de “mardito roedore”, porque, pase lo que pase, lo que cuenta ya está. Si al final hay un premio gordo como esperamos, lo gozaremos. El gafe se pegará de morros contra la pared mientras los ratones se escapan por la ratonera. Y ese será el momento de la juerga.


         Este fin de semana todo va a ser fútbol, como el pasado todo fueron libros, porque la Feria del Libro de este año ha recuperado su brillo y ha sido ―en mi opinión muy modesta― un éxito por encima de cualquier gafe. Es cierto que hay una tradición ya consolidada de que siempre que se celebra, llueve. Y a pesar de los días de lluvia, el ambiente fue de fiesta siempre, porque había alegría de pippermint y gominolas, porque hubo música y sueño y cuento y voz y palabra y presencia. Y miradas para encender el cielo, gestos con los que abrir todas las cafeteras, abrazos para escapar de todo el odio de cualquier gato, ideas nuevas con las que recargar las armas de la belleza. Y libreros contentos, libreros cansados, pero contentos, porque vieron que los lectores siguen existiendo, porque vendieron libros, porque eso que se había dado por muerto que es el gozo de leer ya no juega en segunda B, aunque no haya banderas en Guzmán que lo aireen. Editores emergentes, escritores consagrados, poetas nuevos, cuentistas sobrevenidos, niños todos con sus besos y sus abrazos y sus juegos. “Mardito roedore”, dice Jinks en andaluz, una frase que sirve para traducir lo que dice en inglés que más o menos literal viene siendo: “despedazaría de odio a esos ratones”. Nosotros somos los ratones. El odio siempre será condicional.    

viernes, 19 de mayo de 2017

El primer«je, je». (Audio)

El primer "je, je". (En Hoy por Hoy León, 19 de mayo de 2017)

       Me puede lo racional, lo sé. Mira que lo intento, que trato de hacerte pensar durante estos tres minutos del viernes sin enredarme, que, cuando me siento a idear qué te digo, procuro recoger solo pensamientos sencillos que puedan entenderse fácil por la radio, porque yo sé que te gusta escuchar, que esto que escribo está pensado para ser oído al vuelo y no para ser sesudamente repensado. Y sin embargo, siempre vuelvo a las andadas. Será el eterno retorno ese que dice algún filósofo. El eterno retorno de lo mismo.

           El martes se estrelló una paloma contra el cristal de mi ventana a la altura de mi cabeza. No. No era Pentecostés. Tuve que mirarlo, porque me quedé sobrecogido por el suceso. Si estás tan tranquilo y se estrella una paloma en el cristal de tu ventana a la altura de tu cabeza, te da por pensar, no me digas. Luego me han dicho que es algo muy normal, pero a mí no me pasa todos los días. Vamos, nunca me había pasado. Uno nunca sabe cuál es la lista de las cosas que nunca le habían pasado hasta que le van pasando. ¿Ves? Ya me estoy enredando. Ya voy haciendo que crezca el ovillo. El eterno retorno de lo mismo. La vuelta del espíritu a la vivencia del pasado. La idea de que necesitamos superar nuestras contradicciones, avanzar en la misma espiral de experiencias que es nuestra vida. Cuando sentí el golpe de la paloma contra el cristal pensé que podría haberme dado en la cabeza. Ese martes era el día de las equivocaciones, el día de las hazañas imposibles. El miércoles, todas esas heroicas previsiones se hicieron impotencia. Era “O dia das letras galegas” y el escritor al que se ha rendido homenaje es Carlos Casares, quien escribió durante años una sencilla columna en la Voz de Galicia en la que relataba su día a día, eso que a mí me gusta llamar el pulso de la vida. En sus artículos no había tanto ideas como impresiones, sensaciones, emociones. Pero él era un escritor magnífico, claro. Y lo de la paloma quizá fuera un desliz.

          Seguro que has oído la noticia de que un camionero arrolló a un ciclista en una carretera de Ciudad Real y se dio a la fuga. Lo que no se ha dicho es que, según parece, el pobre chaval además de quedar hecho cisco por el golpe, se quedó sin bicicleta, porque algún listo que pasaba por allí pensó que no tenía dueño y la echó al coche. ¿Qué te impresiona más, el palomazo o el robo de la burra? Quizá ninguna de las dos cosas, ya sé, que ya no nos asombra nada. Podemos estar en medio del lago Michigan y ver pasar una banda de mariachis en una gabarra vasca y hacemos un par de fotos con el móvil y ya. Todo lo más lo ponemos en algún grupo de Whatsapp y alguien coloca unos aplausos o una ristra de caritas amarillas sonrientes o contesta diciendo: “je, je”.


         Ese miércoles del que te hablo, el día después de la llegada de la paloma, una amiga me hablaba de su hija, jugadora de baloncesto, y me decía que, por fin, después de muchos meses tras la operación a la que se había sometido debido a una lesión, le puso un “je, je” en el Whatsapp porque había podido entrenar sin dolor. A ver quién se atreve a poner el primer “je, je” tras el posoperatorio de la Plaza del Grano o de la autovía supra Lancia.

viernes, 12 de mayo de 2017

No gano para laca. (Audio)

No gano para laca. (En Hoy por Hoy León, 12 de mayo de 2017)

     El camino entre analizar y banalizar es demasiado corto. Y la tentación demasiado grande. Dicen que dice en la Biblia ­-yo no lo sé-, que la mujer es un vaso más frágil y que como tal debe ser tratada por el marido. Dicen que lo dice la Biblia, ya ves. Y yo lo que veo es que resulta tan fácil banalizar la cuestión, que caemos sin pensarlo en la misma trampa de siempre, porque creemos que esa fragilidad que dice la Biblia es real, es literal, como tantas imágenes que hemos asumido como reales cuando solo pueden ser metáforas, modos de hablar, de la misma manera que cada palabra dicha o pensada es solo un cristalito entre la realidad y tú, una tesela del mosaico de lo que hay, algo que construyes pensamiento a pensamiento.

     Ayer me hablaba de su hijo una mujer maltratada. No se trata de ningún vaso frágil: si me apuras, más que vaso, es martillo o cincel o azada, porque es coraje y vida y lucha. Es maltratada por la suerte, por la vida, por las circunstancias, quizá no por su marido –eso no lo sé: sería un loco si me atreviera a afirmarlo-, pero maltratada hasta el fondo más profundo de sus bellísimos ojos oscuros que espantan la tristeza en una risa que es medicina genética para cada instante de su vida. ¡Gracias a Dios! Sí, gracias a Dios, habría que decir. He leído por ahí que “nada real puede ser amenazado”. ¿Cómo podría serlo? ¿Qué amenaza puede perturbar la solidez de lo real? Esa mujer maltratada es sólida, es firme en su presencia y no puede ser amenazada. Ninguna amenaza le llega si no es el dolor real, su propio dolor, su propia angustia. Pero me hablaba de su hijo, de su indómito hijo adolescente, de ese hijo imposible de controlar que crece debajo de un inmenso tupé que se mantiene erguido como un milagro. “¡Si es que no gano para laca!”, dijo muerta de risa cuando se iba otra vez a la realidad, a esa realidad fría que la tiene helada de pies y manos. Y “nada real puede ser amenazado”, como también parece ser que “nada irreal existe”. Es Un curso de milagros.
        
     A propósito de la cuestión de las nuevas luminarias LED, me pareció escuchar que la portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento decía algo de un “futuro reciente”. Me imagino que le jugó una mala pasada el directo y que a lo que quiso referirse es a un futuro próximo. Me encanta la juguetona alteración. ¿Ves? Manejar un futuro reciente es un pequeño milagro. La cuestión de los 20 millones de euros ya la analizarán mentes menos banales que la mía. Yo me quedo con el milagro del tiempo, aunque sea verbal, porque es muy reciente todo lo que se ha dilapidado en reformas estructurales, en infraestructuras ultra necesarias, una especie de tupé con el que se maltrataron las arcas públicas, ese vaso frágil. Un pasado reciente del que tenemos que aprender. Me gustaría pensar que este cambio de luces no es un futuro reciente. Quiero decir, más de lo mismo. Otra vez un modo innecesario de inyectar dinero en la economía para que haya que elegir de nuevo entre Don Diablo se ha escapado y una sonata de Beethoven. Venga laca para el tupé y arriba los pelos que es mucho más eficiente la luminaria LED que la convencional. Y lo será. Y lo tendrán estudiado. Y se verá mejor todo. Y será estupendo, aunque pierdan los paseos por el centro ese sabor ámbar de las viejas farolas y alguien gane una millonada con el cambio. Un curso de milagros. “Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe”.

viernes, 5 de mayo de 2017

Razones por las que se ha helado tu hortensia. (Audio)

Razones por las que se ha helado tu hortensia. (En Hoy por Hoy León, 5 de mayo de 2017)

         Me hubiera gustado tirar de una idea que tuve hace unos días a propósito del despropósito y de la hipocresía de la corrupción. Era una idea muy vaga, algo que no terminaba de concretarse en nada, como esos devaneos judiciales alrededor de algunos aparentes casos de corruptelas varias. El pensamiento es un poco absurdo y es más una imagen que otra cosa. Verás, es algo así como que la historia, en su devenir dialéctico, enfrenta desde que el mundo es mundo a los que tienen con los que no tienen y que esa relación de oposición se ha ido resolviendo de un modo u otro en las diferentes etapas, en los diferentes momentos en los que la humanidad ha sido capaz de crear técnicas espectaculares para transformar el mundo. Sobre la legitimidad de los que tienen frente a los que no tienen y esas cosas no me voy a poner a discutir contigo, pero sí que estás de acuerdo en que esa tensión ha existido y existe.

La imagen que tenía en mente es que esa oposición se ha ido resolviendo de manera que algo tiene que ver por ahí, aunque sea metafóricamente, la estampa de una manzana. La manzana de Adán y Eva en esa primera toma de conciencia sobre la ingenuidad moral; la de Guillermo Tell, apuntando a la cabeza de la rebelión contra los señores feudales y abriendo la puerta al estado moderno; la de Newton, sentando las bases de lo que iniciaba el puente hacia la revolución industrial y finalmente la de Steve Jobs, simbolizando esta revolución industrial que dicen tercera y que puede que ya sea cuarta, una vez que vivimos en un mundo de robots e inteligencia artificial. No sé si es que la manzana nos recuerda, permíteme la imagen soez, que somos mamíferos y nos ata a la tierra o es que, como es el símbolo de la conciencia moral, ha pervivido de revolución en revolución en tanto que elemento que identifica la necesidad de conocer, el impulso genético hacia el conocimiento. Y esa idea de la que te hablo era que esto de la manzana Blancanieves, símbolo de pureza, de salud, de belleza si quieres, de perfección moral, se me deshacía en algo más burdo - yo que sé-: en un festival de chorizos como el que hubo el fin de semana pasado en La Bañeza. La imagen es un poco, parafraseando el título de la peli, que vamos con fabes y a lo loco. Lejos de las manzanas de la salud, atiborrados de grasiento chorizo con fabes y morro y oreja y manos y esas inyecciones inmorales de colesterol puro. Rodeados de corrupción.


         Y, claro, uno nunca está seguro de su santidad. Sé que me dijiste que se te había helado la hortensia, o quizá me lo invento. Creo recordar que dijiste que las heladas que han convertido el viñedo en catástrofe han helado tu hortensia porque estaba seca y no ha podido salvarse con un manto de escarcha, arroparse en humedad para salvar el frío de esta traidora primavera que ha helado tantos brotes. No ha habido solución para tus colores. Lucirás solo el rojo de los geranios o el capullo rosa de rosa que se ha quedado mirando cómo todos los que había a su alrededor ardían en hielo. Y la hortensia, como dicen en la fala cepedana, escurquillouse toda, que me parece que tiene un sentido un poco más picarón de lo que yo creo, pero que me encanta cómo le cae al pelo aquí a tu tragedia. Ya sabes, furon al ramusqueiro y pasó lo que pasó. Y así veo la política, olvidada de toda manzana, con fabes y a lo loco.

viernes, 28 de abril de 2017

¡Qué bien soplas, Eliseo! (Audio)

¡Qué bien soplas, Eliseo! (En Hoy por Hoy León, 28 de noviembre de 2017)

       Hay días en los que te gustaría soplar con fuerza y apartar esos nubarrones que te empujan hacia las laderas grises de lo que ves. Es como que pudieras apartar de un soplido eso que te aplasta para que el sol encienda un arcoiris en la suave ladera verde que no has sabido ver con tanta niebla. Pero eso del soplo tiene su arte, aunque, si lo piensas bien, es tan sencillo como querer hacerlo.

      No obstante, hay que saber soplar. Había un conocido de un colega mío que siempre era el que tenía que coger el coche cuando se iba de jarana con los amigos, porque era el único que no daba en el control de alcoholemia, aunque tomaran un par de vinos. Lo malo es que cuando los paraba la Guardia Civil había otro que, mientras soplaba, le decía: ¡Qué bien soplas, Eliseo! Y el guardia se mosqueaba, porque aquello tenía pinta de que le estaban tomando el pelo, pero el copiloto, por mucho que Eliseo le daba con la pierna, no salía de su admiración. ¡Qué bien soplas, Eliseo!, decía embobado. Pues ese es el cuento, que hay quien sabe soplar como nadie y apartar los nubarrones sin problemas y hay quien se deja la nube en el ojo y no es capaz de ver más allá de la tela de araña de sus obsesiones. Pero ayer por la mañana, en la clausura de las Jornadas Provinciales de Difusión de la Formación Profesional de León dijo María JesúsSoto que de todo puede uno recuperarse, pero que hay algo que no podemos perder porque lo tenemos de manera limitada, el tiempo. Lo explicó con una claridad terrorífica que calló de un soplo a todo el salón de actos: “de lo único que estamos seguros es de que nos vamos a morir”, dijo. Y lo hizo de tal manera que se quedó helado todo el mundo, como si nunca se hubieran parado a constatar semejante verdad. Hubo un momento tremendo de hiper-realidad, un soplido que barrió todas las conversaciones. Y apostilló: “Y, como el tiempo es limitado, ¡no lo perdáis!”

           Lo interesante del caso es que te lo dice una experta en inversiones, así es que ya sabes. Gestiona mejor o peor todo lo demás, pero el tiempo no lo dejes ir, no lo malgastes. Por eso, si crees que estos tres minutos no te aportan nada, si crees que esto que estás haciendo ahora al parar el coche para poder terminar de oír el comentario es perder el tiempo, apaga y sal ya. No te enganches a nada que no sea para hacer crecer tu tiempo, para extenderlo. Como decía aquel concejal cuando tenía que irse a una cena y su mujer le ponía mala cara: “¡Es oficial, Emilita!” Y como es oficial, déjate de nubarrones y atiende solo al arcoiris. Mira a ver de dónde arranca, en qué suave ladera crece. Y haz que tu tiempo sea tu mejor inversión. Haz solo las cosas que merecen la pena.


            Hablando de riqueza y de inversiones, ayer me encontré un titular en la prensa que me encantó. Decía: “León es incapaz de retener al 37% de los nacidos en la tierra”. Me encanta la ambigüedad de la frase, porque, aunque claramente nos habla del descenso tan dramático de población que las estadísticas han corroborado esta semana, también me recuerdaAmanece que no es poco”, aquella locura de película de José Luis Cuerda en la que Resines no podía con la risa. Allí sí que salían unos que nacían en la tierra. Una película para sentir la alegría, la mejor forma de emplear el tiempo. Fuera nubarrones: ¡qué bien soplas, Eliseo!