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sábado, 23 de septiembre de 2017

Mantener siempre la ficción. (Audio)

Mantener siempre la ficción. (En Hoy por Hoy León, 22 de septiembre de 2017)

Lo que importa es mantener siempre la ficción. Lo decía un profesor a propósito de una clase que le costaba mucho controlar. Decía, “he descubierto que el modo de salir adelante es mantener siempre la ficción, porque yo sé que esto que hago no es dar una clase; mis alumnos saben que esto que hacen no es participar de una clase; pero mantenemos entre todos la ficción de que es una clase y si por el camino alguien aprende algo, eso que llevamos ganado”. Yo no creo en este modo tan funcionalista de ver las cosas. Me parece que el objetivo no puede ser que la cosa funcione o que por lo menos parezca que funciona. Creo que en la vida no se trata de conseguir que la cosa marche. En la vida se trata de vivir.

No obstante, a pesar de mi reticencia, tengo que darle la razón al profesor. Esta vida que llevamos no es más que un modo de mantener la ficción, sobre todo la ficción principal, es decir, esa que nos hace creernos inmortales. Mantenemos la ficción insensata de que mañana cuando nos despertemos seguiremos pisando el mismo suelo que pisamos cada día. Mantenemos la ficción cruel de que no ha muerto nadie en el terremoto de México, porque no ha muerto nadie conocido directamente por nosotros. Mantenemos la ficción indecente de que no nos afecta el dolor de los demás. Y lo hacemos porque sabemos que es el único modo de sobrevivir. Esto que parece una clase no es una clase, pero mantenemos la ficción de que lo es y si alguno se harta de la ficción y se marcha, no se va por su propia voluntad: se va porque el profesor lo expulsa.

Cuentan de un viejo profesor leonés de artes marciales que hace algún tiempo tuvo la oportunidad de recibir en su gimnasio a un gran maestro oriental. En aquel encuentro, este viejo profesor del que te hablo, haciendo valer su grado alto de preparación, le pidió al maestro que hiciera una demostración. El maestro solo dio una patada, aparentemente sin gran esfuerzo. El profesor leonés mantuvo la ficción de que no había pasado nada. Cuando se retiró para cambiarse y descubrió el enorme moratón que le cubría todo el pecho, se dijo a sí mismo: “pero no grité”. Esa es la clave a la hora de mantener la ficción, agrupar todo el dolor que uno es capaz de soportar en un solo moratón y hacerlo apretando los dientes, sin la necesidad de gritar. No sé si sirve de algo. No sé si eso de mantener la ficción mientras la cosa funciona es operativo y nos lleva a la felicidad. Creo que es más un modo de eludir la realidad. Fíjate que no hago ningún juicio, solo pienso que nos movemos en este marasmo de ficciones que entorpece la verdad, si es que eso de la verdad existe.


Es como Larry David en la película de Woody Allen: hay que lavarse las manos cantando dos veces cumpleaños feliz para asegurarse de que la cosa funciona. La superstición es la ficción más humana desde que el mundo es mundo. Vuelvo a decirte que no hago juicios. No voy a meter en este saco las creencias o las pasiones de cada uno, aunque se podría. Vamos a hablar claramente de lo oculto, vamos a hacer un simposio que lo desvele. Más allá de la ficción de cada uno, ese desvelamiento, esa aletheia, ese descorrer el velo de lo oculto y sacarlo a la luz es el único modo de alcanzar la verdad. Habrá que ver qué ficciones aguantan y cuáles se desmoronan, pero será simple curiosidad.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Caer al palo del percebe. (Audio)

Caer el palo del percebe. (En Hoy por Hoy León, 15 de septiembre de 2017)

Es tan difícil olvidarse de la belleza de la vida de uno como recordar cada instante de malas experiencias, cada error, cada paso mal dado. O quizá tan fácil. Me cuesta decidir. Sé que olvido con facilidad: cada curso que comienza, por ejemplo, olvido las caras y los nombres de los chicos que se fueron para dejar sitio a los nuevos que aparecen en mis libretas de notas vacías a la espera de la constatación de cómo se han ido alcanzando esos estándares de aprendizaje de los que nos hablan las leyes. Me olvido con facilidad y sobre todo me olvido con mucha facilidad del mal, en especial del mal que se me hace, pero también —lamento tener que confesarlo— el mal que ocasiono.

Ayer por la mañana me encontré con un amigo de tiempos mejores. Tiempos en los que la economía era de otra manera; las minas producían carbón que no se quedaba mirando llegar camiones extranjeros a las centrales térmicas; los campos daban frutos porque no había esas heladas primaverales, esas sequías desnortadas de tiempos de cambio climático; las empresas vendían sus productos y todo el mundo compraba casas con dinero que los bancos prestaban con o sin esperanza de recuperación, casas para vivir una vida buena, una vida de confort y alegría. Este amigo mío —déjame que le llame Emilio por referencia a Rousseau y su idea del buen salvaje— mantiene la elegancia de aquellos tiempos, la sonrisa y el saber estar. Es un hombre de gran corazón y me serviría como ejemplo de que cualquier hombre en estado de ausencia de civilización es salvajemente bueno, no porque sea incivilizado, sino porque lo que pueda tener de perverso es imputable a la presión salvaje de esta sociedad para triunfar. Me gustó recordar con él esa otra vida. Me gustó sentir que, a pesar del tiempo transcurrido, seguimos pudiendo decir que somos amigos. Y me gustó saber que se nos han olvidado los malos ratos.

Y resulta que unas horas antes me saludó en la Delegación de Hacienda una antigua alumna, cuyo nombre he olvidado, que empujaba un carrito de bebé y llevaba un niño de la mano. Si él es el Emilio, ella tiene que ser la Madre Coraje que nos dibujó Brecht en su tragedia y la llamaremos Anna por esa razón. Esta Anna, cuya belleza recordaba, amparaba toda su angustia en su necesidad. ¿Cómo has llegado a esta guerra? —le preguntaría— ¿Qué vas a hacer cuando esta guerra terrible te arrebate a tus hijos? Pero ella sonreía a todo el mundo y empujaba el carro y tiraba de todo y salía fresca y airosa hacia la Gran Vía de San Marcos. La guerra destruye a los débiles, pero esos revientan también en la paz, parecía querer decir, como una más de las cientos de miles de Anna Fierling.

Son tiempos sombríos. Verdaderamente son tiempos sombríos. La cosa es que seguimos comiendo y bebiendo como si no lo fueran, como si todos nuestros problemas se resolvieran siendo el centro de la gastronomía nacional, como si ese inmigrante que busca cobijo en cualquiera de nuestros agujeros sociales no estuviera hecho del acero del barco en el que escapó del miedo: duro como la piedra que ha tenido que saltar. Olvidará todo para seguir sonriendo. Como tú y como yo que, si nos dejan, caeremos al palo del percebe a la menor oportunidad, o al de la morcilla, que en cuanto a manjares, todo es cuestión de capital.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Las primeras amebas. (Audio)

Las primeras amebas. (En Hoy por Hoy León, 8 de septiembre de 2017)

No sé si lo sabes, pero compartimos más mecanismos genéticos con las amebas que los que nos diferencian. Solo eso explica que haya quienes piensan que quemar un monte puede tener algún beneficio. De todo lo que ha pasado este verano solo quiero hablarte del fuego. Lo demás no cuenta. Ni la playa, ni el Camino de Santiago, ni los baños en la poza, ni los paseos con el perro, ni la lectura en la hamaca del porche, ni los chorizos parrilleros en la barbacoa del jardín. Podríamos hablar de la sequía, es cierto, pero creo que todo se derrite ante el fragor terrorífico del fuego.

Y el fuego está en nuestras miradas, lo sé. El fuego es una metáfora de nuestro ser, porque chispean moléculas de toda condición en roces ardientes más allá de nuestra piel y alrededores, hasta en lo más íntimo de cada víscera, hasta en lo más sereno de nuestros sueños más plácidos hay fuego siempre eterno, que se enciende según medida y se extingue según medida —aquella cosa rara que le dio por decir al hipocondríaco de Éfeso—. Fuego y proporción. Somos lucha permanente, guerra de opuestos.

Pero con saber eso, con saber de la tensión de nuestro ser más real, con saber del fuego en el origen del orden, no basta para disculpar la barbarie del pirómano. Quizá tengamos clavadas en nuestra memoria genética las llamas de la hoguera de aquellas cuevas trogloditas. Quizá sepamos que cocinar nos dio una ventaja evolutiva ante los que nunca encendieron su cocina. Quizá la luz de las antorchas alumbró gestas que nos han hecho poderosos. Pero no. No podemos dejar que el beneficio de algunos, o la locura, o el descuido, arrasen la vida. Y no pienso en la Cabrera, que desde luego, sino también en Doñana o en el desolador dibujo de los montes portugueses.

Prender fuego es alimentar el miedo. Las primeras amebas solo tenían una ocupación: reproducirse. Tengo un amigo que lo traduce diciendo que, como puede verse, desde las primeras amebas lo único importante es el amor. Te dice eso y después te pregunta cuándo es la última vez que te has enamorado —otros te preguntan si estudias o trabajas, pero a él le gusta esto de las amebas y el amor—. La inercia de la naturaleza es la de mantenerse viva; pero nosotros, que somos naturaleza desnaturalizada, venimos a empujar para que no pueda hacerlo. Somos una especie de ameba prodigiosa que no colabora en su duplicación. Parece que para ti que plantas fuego, no hay más paz que mi cadáver. Un día habrá en el que el monte esté limpio, la ciudadanía concienciada y las cuadrillas anti-incendios cobren por no apagar los fuegos. Ojalá que no sea porque ya no queda nada que quemar.


Me parece que fue el lunes. En la tarde apacible de la chopera, junto al río, unas mujeres repartían naipes en un banco sobre un tapete improvisado con una especie de colcha. Metros más allá, algunos hombres jugaban al boliche y, en otras mesas más apartadas, unos jóvenes se dejaban las neuronas en una partida de ajedrez. El fuego estaba en la calma de los chopos, pero no ardían. En las terrazas las conversaciones quemaban oxígeno a litros sin ninguna combustión. La vida se escapaba por el césped. ¿Cuánto hace que te has enamorado por última vez? —me preguntó mi amigo. 

Amebas en duplicación.

viernes, 30 de junio de 2017

Pongámoslo en un sitio cómodo: por ejemplo, en Gandía. (Audio)

Pongámoslo en un sitio cómodo: por ejemplo, en Gandía. (En Hoy por Hoy León, 30 de junio de 2017)

Y como este viernes es el último de la temporada, vamos a ponerlo en un sitio cómodo: por ejemplo, en Gandía. No es que me guste Gandía más que Salou o Torremolinos. Tampoco es que elija la playa por encima de otro destino. Es solo que me quedé con la frase al pasar al lado de una conversación y escuché cómo alguien le decía a otra persona: “No te preocupes. Lo mandamos a Gandía y ya está”. Así es que vengo a decirte que este ratito del viernes lo empaquetamos por un tiempo y lo ponemos en un sitio cómodo. Me parece bien Gandía, pero si tiene que ser Jaca o Arenas de San Pedro, tampoco me parece mal. Como si quieres que se quede durmiendo al fresquito del Museo de la Colegiata de San Isidoro bajo la sombra del Cáliz de Doña Urraca o en las marmitas de gigante del desfiladero de Los Calderones en Piedrasecha. Un sitio cómodo es lo que necesita este ratito del viernes para descansar hasta nuevo aviso.

Pero no lo mandes a cualquier lugar como quien se lo quiere quitar de encima a cualquier precio. No lo aparques en cualquier sitio, porque los ratitos de viernes, aunque sean modestos como este ―pequeños ratitos de la hora del aperitivo que se acurrucan entre la agenda del fin de semana y las historias de Pepe un poco antes de las noticias de la una― tienen su corazoncito y les molesta pensar que los quitas de ti de cualquier modo, como quien se saca lo que le sobra de la nariz y lo deja en un pañuelo en la basura o tirado entre las rayas que separan las baldosas. Fíjate que es estupendo ir a Gandía, pero mira que es odioso pensar que te están mandando allí para que no estés en otra parte. Por eso este ratito del viernes que se despide hasta más ver quiere encontrar un estante alegre y agradable; un cajón escondido en tu recuerdo hasta el que pueda llegar un rayo de luz de luna; un hueco en el asiento de tu coche viajando por una autovía desierta en el que sentir que el sol calienta cuando sale.

Y si además hay festivales de sonidos o de luces o de mares o de bosques o de ríos o de noches en blanco o de museos o de charlas o de arenas o de paseos junto al cielo de las caricias, será mejor. Pero eso es ya pedir mucho. Déjalo en buscarle un lugar cómodo. Un paraíso en el que recuperar el tono perdido tras los excesos o un infierno en el que excederse definitivamente para olvidar el buen tono. Todo estará bien siempre que no sea apartarlo a un lado para que no te estorbe.

Un ratito de viernes adormecido por el calor del vermú helado se mete en cualquier parte. Cabe en la mochila más pequeña que puedas organizar para el más largo viaje.

Y si las cosas vienen mal dadas, piensa que la mejor forma de afrontarlas es comprender que ese hueco en el que te cabe nuestro ratito del viernes es tan grande como quieras permitir que tu pena se ensanche y se diluya o se estreche y se compacte. Esa es elección tuya.


Este es el comentario número cuarenta de la temporada: Alí Babá y los cuarenta ratitos de viernes que se colaron en las ondas como ladrones.   

viernes, 23 de junio de 2017

Todo lo que se puede apretar un pasodoble. (Audio)

Todo lo que se puede apretar un pasodoble. (En Hoy por Hoy León, 23 de junio de 2017)

      Yo te tenía que hablar del tobogán, por la cosa del vértigo y el agua. Te tenía que hablar de la hoguera, por decirte de lo que vuela en chispas por el cielo, derritiendo deseos escritos en ceniza. Tenía que hablarte de la feria, de la ciudad improvisada más allá del polígono de la Lastra a escasos metros de ese punto en que se abrazan el Torío y el Bernesga, a un buen paseo de la explanada en la que las atracciones lucen su aire de ensueño sin que nadie habite junto a ellas: mundo en colores sin ropa tendida. Tenía que hablarte de bailes y conciertos, de desfiles, de exposiciones, de todo eso que se esconde en los programas de la fiesta. Tenía que decirte hoy que llevan días sonando las orquestas. Tenía que hacer esas cosas.

         Tenía que morder el pan por la encetadura. Tenía que recordar que nací el mismo día en que nació la psicópata de Móstoles que alimenta la enfermedad en el pulmón de ese jefe que no quiere serlo. Tenía que rematar mis cremalleras en todas mis pequeñas grietas. Tenía que recordar que el suelo está para ser pisado y los sueños para olvidarse. Tenía que volver a decir que el compromiso y el sacrificio son lo que nos da la vida. Tenía que hacer ese tipo de cosas que se espera que haga uno en el penúltimo comentario el día en el que empiezan las fiestas. Tenía que ponértelo fácil. Tenía que decir cosas sencillas. Tenía que alegrarme de que ya ha llegado el verano. Tenía que saltar al grito de cobarde. Tenía que rodearme de triste pasión de fiesta. Tenía que empezar a pensar en recoger mis cosas y marcharme.

         “¿Sabes cuánta grasa tiene eso?”. Una pregunta como un disparo en el bocata de un adolescente a la hora del recreo. “¿Sabes cuánta grasa tiene eso que te estás comiendo?”. Y sin embargo no voy a hacer nada. Sin embargo voy a decirte que tengo la caja llena de cosas que me gustaría “desver”, como los hay que tienen el cuerpo marcado de señales construidas con el verbo desoír. Y sin embargo, cuando la hoguera esta noche levante el velo de San Juan, seguiré preguntándome: “¿Ahora qué?”. Podría preguntármelo con acento de Arkansas; podría rumiarlo como esas vacas que se han comido las remolachas de Fresno de la Vega; podría maullarlo como un gato que se queda en el iris con el reflejo de la luna. Podría decirte que la magia se ha esfumado en el humo de la noche. Podría decirte que ese sueño que tienes es un sueño que cuesta muchas letras, es un sueño alto de gama.

         Y en realidad solo voy a contarte que me gusta la verbena, que siento el juego de la música del acordeón haciendo cosquillas en mis deportivas y que todo esto que te digo cabe en un sencillo pasodoble, si lo apretamos mucho, si lo bailamos lento, si lo sacamos de la fábrica de fuego que hay en el tendido de la plaza de toros, porque ese es un pasodoble que se aprieta al miedo.

Yo prefiero el otro, el que se escapa en el polvo de la pista de baile desde el suelo hasta lo más alto de un tobogán gigantesco.

         Un pasodoble que aprieta el viento. Esa es la pintura de la fiesta.    

viernes, 16 de junio de 2017

Eclosión de garrapatas. (Audio)

Eclosión de garrapatas. (En Hoy por Hoy León, 16 de junio de 2017)

         Lo habrás oído en la radio. Tenemos en León una plaga de pulgones y mosquitos debido a los cambios bruscos de temperatura. Nieto Nafría lo ha explicado con claridad; hasta nos propone un experimento de bayeta amarilla para que veamos cómo los pulgones se sienten atraídos por ese color. La descripción que hace del pulgón es poética, sobre todo cuando dice que extiende sus alas en tejado. Esa observación minuciosa de lo pequeño es la actitud que frena el tiempo. Hablo de mí, de mi tiempo. Te lo cuento a propósito de algo que he hecho muy mal estos días en los que me he dejado llevar por el empuje de la ola de calor y he resbalado en la espuma hasta verme arrastrado en las piedrecitas de arena de la orilla de la realidad. ¡Hay que ver cómo te dejan la barriga!

         Ya les he pedido perdón a ellos, así es que no es importante la materia, pero sí cuenta el cuento. Y el cuento es que en esa eclosión de bichos que nos rodea por el fuego de este junio sin tormentas, hay uno que es especialmente picajoso. Mi abuelo se las quitaba a los perros ahogándolas en aceite, decía, y tirando después con unas tenazas o con un alicate: una barbaridad que hace temblar cualquier albéitar, supongo, porque hoy acudimos a tratamientos antiparasitarios preventivos y atacamos con eficaces insecticidas. Lo malo es que las garrapatas no solo se agarran a la piel de los perros. Hay garrapatas que gustan de lo humano o se confunden. ¿Quién sabe? Y en medio de esa eclosión de bichos que nos rodea, las garrapatas han hecho de las suyas. En pocos días he tenido noticia de al menos dos ataques voraces que han terminado en urgencias. Revísate bien hasta los pliegues. Que una garrapata se le engancha a cualquiera.

         Pero vuelvo al suco, que me esnorto, como dice el gran Ful. El cuento es que uno siempre está pidiendo favores a los amigos y los amigos siempre te atienden y sientes que un poco eres una garrapata cuando llega un día que te llaman y te dicen: “Oye, moreno, que has tenido en tus manos algo que me interesaba y se lo has dado a otro sin decirme ni Pamplona”. Bueno, no con esas palabras: a lo mejor hasta te lo dicen en silencio; a lo mejor hasta te soportan chupando sangre sin darle importancia hasta que tú comprendas lo que has hecho. Lo bueno que tiene es que, como son amigos, no te ahogan en aceite, ni tiran de alicate, ni te embalsaman en insecticida. Solo te dan un cachete para que aprendas y te des cuenta de que las garrapatas tienen una vida muy corta, pero es que hay mucha garrapata suelta y, si vas deprisa, ni te enteras de que se te engancha o lo que es peor, no te das cuenta de que te has convertido en una de ellas.

         Un abogado que está inmerso en uno de esos movimientos de la banca que terminan en terremoto me decía hace una semana que vamos a llegar a la extinción por absorción, no sé si se refería a la especie humana, a la banca en general o a su banco en particular. Es la imagen de la garrapata gigante que absorbe por encima de su capacidad y termina como no me apetece contarte a esta hora tan apetecible del aperitivo.

viernes, 9 de junio de 2017

La mirada del gorila. (Audio)

La mirada del gorila. (En Hoy por Hoy León, 9 de junio de 2017)

         La primera vez que estuve en el Retiro lo hice de la mano de mi padre. Habíamos entrado por la esquina de Menéndez Pelayo junto a la Plaza de Mariano de Cavia. En mi recuerdo lejano sé que atravesamos la Rosaleda y en mi imaginación se dibujan puentes y arroyos, espacios mágicos para el juego, para el disfrute de otros chicos que tuvieran a su disposición aquel escenario de fantasías infinitas. Sé que no me solté de su mano, que temía perderme en aquel mar de senderos y que la seguridad de su presencia era el único modo de avanzar. En esa parte del parque por la que andábamos, junto a la Avenida Menéndez Pelayo, estaba la antigua Casa de Fieras del Retiro. Habíamos cruzado tan deprisa los jardines porque caminábamos hacia allí, hacia aquella verja verde que se abría a un universo de olores y miradas, colores y aventura. Ya había leído a Emilio Salgari y a Julio Verne, ya tenía una idea de lo exótico, había visto en aquella tele de blanco y negro películas de Tarzán y del Oeste, pero era la primera vez que tenía enfrente de mí un tigre, un león, un oso. Esa Casa de Fieras, aquel vetusto zoológico, está tomado hoy por los libros. Algunas dependencias se han transformado en la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías y en el paseo que está justo al lado se instala la Feria del Libro de Madrid.

         Ayer me invitó Héctor Escobar a un acto de firma de libros en la caseta de Editores de Castilla y León para promocionar Déjame decirte qué día es hoy, la novela que ha publicado en enero de este año la Editorial Eolas. No me preguntes por qué me vinieron al recuerdo las jaulas de la Casa de Fieras. Los libros, en los mostradores, esperaban el río de curiosos que caminaba en la placidez de la tarde calurosa con bolsas en las manos, asomándose a las casetas en las que los autores firmábamos, mostrando un interés en muchos casos impostado. A mi lado un joven autor hablaba con sus amigos de tendencias en las redes y planes para los próximos días. Cada poco se detenía algún curioso y le preguntaba por el precio de libros que no eran el suyo, confundiéndolo con un dependiente. Él se debatía entre ser amable o estar a su interés y finalmente intentaba colocar su producto hablando de Machado o de otros poetas con cierta despreocupación. Sé que citó a Machado, por Antonio, usando palabras de Manuel y que alguien le corrigió la cita y respondió con un: “¡Qué más da Manuel o Antonio, Machado al fin y al cabo!”

         Tal vez esa idea de fieras enjauladas sea solo para quienes se dejaron atrapar. Nosotros, otros autores que andábamos por ahí, todavía nos movíamos en libertad y entrábamos y salíamos a la jaula de las fieras, sabedores de que un escritor desconocido no está preso del interés de los demás. Incluso un Machado puede perder el nombre en este zoológico de las letras. Pero, en medio de tanta pose, estaba la verdad. Yo la supe después, cuando reconté los hechos y supe quienes habían estado conmigo. No es que los que no estuvisteis no contéis, es que los que estuvieron cuentan mucho. Sobre todo dos jovencitas, una que se escondía en su móvil y en la esquina de la caseta, que fue de la mano de su padre a visitar esta moderna Casa de Fieras y otra, la hija de mi amigo Juan, que me ganó con un cacahuete al hablarme de su gusto por la lectura, de sus intereses, de que hay futuro para el libro. 

viernes, 2 de junio de 2017

Corazón tan grande, corazón tan blanco. (Audio)

Corazón tan grande, corazón tan blanco. (En Hoy por Hoy León, 2 de junio de 2017)

         Igual no sabes que la Cultural ha ascendido a Segunda División. Si eres uno de esos poquísimos habitantes de León que todavía no se ha enterado, me gustaría decírtelo: la Cultural, en un partido que terminó en fiesta, remontó un gol en contra que le marcó el Barcelona B en la primera parte; acabó ganando con un golpe de fortuna para el empate y un descorche de gloria al despejar las telarañas de la portería contraria un chupinazo de Gallar, con lo que sube a Segunda División a lo grande, quizá, con permiso del Lorca, con quien juega otra vez este domingo, proclamándose campeón de Segunda B. Me encanta esta falta de concordancia entre “la Cultural” y “campeón”, una discordancia que terminó el domingo después de cuarenta y tres años de espera.

         Ya lo sabías, ¿verdad? Incluso tú que escuchas desde Bruselas o que te enchufas a la radio cuando puedes para oír este comentario en Madrid, en Toledo, en Málaga y que no estás muy al día en lo del fútbol, es posible que ya lo supieras, pero, si no lo sabías, me encanta haber podido darte la noticia. Es quizá una de las cosas más gratificantes que puede hacer un ser humano: dar noticias, dar buenas noticias, claro. Y no me digas que no te interesa el fútbol, porque eso es indiferente para la alegría de esta noticia. La del ascenso no es solo una buena noticia deportiva, es emocional, es económica, es cultural. ¿A que ahora sí te gusta la redundancia? La noticia del ascenso de la Cultural es cultural. Y si me dejas retorcerlo un poco, voy a decir que es una noticia “escultural”, pero esto ya es casi una bobada. Lo que pasa es que me atrevo a hacerte el chiste barato porque estoy viendo que usamos las palabras abusando de significados que en el lenguaje más cotidiano nos parecen ocultos. ¿Por qué no decir que el de la “Cultu” es un ascenso “escultural” si se puede decir que el encargado de “remover” al fiscal anticorrupción es el Fiscal General? Yo entendía que cuando alguien deja su cargo es despedido, cesado, destituido, pero esto de “removido” me duele en las entrañas, aunque sea correcto decirlo. Te diría que se me remueven las tripas, pero no me atrevo, no sea que se me vayan fuera de mí. Ya sé que es un uso del verbo “remover” aceptado por la RAE, como también terminará aceptando otros muchos términos que no están todavía en el diccionario; “macrocardia” y “megalocardia” he estado buscando esta mañana. Es algo maravilloso que tiene la lengua: genera realidad.


         Lo de la macrocardia es por el ascenso. Me apetecía contar la tarde del Reino de León como si la afición tuviera un solo corazón, un enorme corazón único, un corazón enfermo de megalocardia, un corazón tan grande que padeciese una macrocarditis, si es que eso existe en el mundo real ya que no en el de las palabras. Con el permiso de Javier Marías, valdría decir Corazón tan blanco, porque era un único corazón enorme vestido de blanco. Eso sí, un blanco Cultural, un blanco León, un blanco sentimiento de pertenencia, un blanco posibilidades turísticas para la ciudad. Es este corazón tan grande una prueba de que hay cosas que podemos hacer todos juntos. Una pena que por ahora solo sea el fútbol. Tiempo vendrá en el que sepamos latir a la vez por otras causas.

viernes, 26 de mayo de 2017

"Mardito roedore" (Audio)

"Mardito roedore" (En Hoy por Hoy León, 26 de mayo de 2017)

         El secreto para poder abrir la cafetera es no llenarla de café hasta el borde. Suele pasar que los problemas de hoy vienen de malas decisiones tomadas ayer. Por eso esta mañana, cuando te levantaste con prisa para ir a trabajar y no eras capaz de desenroscar la cafetera, hiciste mal en enfadarte con ella; tenías que haber sido consciente de que el problema estaba antes, justo cuando hiciste el último café. También tiene que ver que no la limpiaras en su momento, que no la dejaras lista para el uso de hoy, pero eso ya es un mal colateral, sobrevenido. El error lo cometiste antes. No obstante, ya has visto que no era imposible abrirla. Ha sido costoso, es cierto, pero al final la has abierto y has hecho un café. Es posible que hayas puesto demasiado ―todavía no sabías esto que te cuento― y la próxima vez que vayas a abrirla te vuelva a costar. Procura hacerlo con tiempo y, a partir de ahora, ya sabes: nunca permitas que se te llene de café hasta arriba.

         ¿Te acuerdas de Pixie y Dixie? Los perseguía el gato Jinks, que se traduce por “juerga” o “jolgorio”. Hablaba con acento andaluz y decía aquello de “mardito roedore” que se ha oído tantas veces también en los conciertos de Sabina. Aquel gato siempre anunciaba sus planes antes de ejecutarlos y luego se torcía todo. Casi podíamos decir que era un gafe o un cenizo. La verdad es que en inglés “juerga” y “gafe” suenan casi igual, por lo menos para mi oído. La idea es la misma que la de la cafetera. En nuestros planes ya va incluido el error. Si damos por hecho que la Cultural ya está en segunda y preparamos la juerga antes de tiempo, podemos encontrarnos con una cafetera muy dura de abrir. Pero yo creo que lo principal ya está hecho, ¿no te parece? Y creo que se ha hecho bien. Diría que la cafetera va con el café justo, que el domingo por la tarde nadie se va a quedar diciendo aquello de “mardito roedore”, porque, pase lo que pase, lo que cuenta ya está. Si al final hay un premio gordo como esperamos, lo gozaremos. El gafe se pegará de morros contra la pared mientras los ratones se escapan por la ratonera. Y ese será el momento de la juerga.


         Este fin de semana todo va a ser fútbol, como el pasado todo fueron libros, porque la Feria del Libro de este año ha recuperado su brillo y ha sido ―en mi opinión muy modesta― un éxito por encima de cualquier gafe. Es cierto que hay una tradición ya consolidada de que siempre que se celebra, llueve. Y a pesar de los días de lluvia, el ambiente fue de fiesta siempre, porque había alegría de pippermint y gominolas, porque hubo música y sueño y cuento y voz y palabra y presencia. Y miradas para encender el cielo, gestos con los que abrir todas las cafeteras, abrazos para escapar de todo el odio de cualquier gato, ideas nuevas con las que recargar las armas de la belleza. Y libreros contentos, libreros cansados, pero contentos, porque vieron que los lectores siguen existiendo, porque vendieron libros, porque eso que se había dado por muerto que es el gozo de leer ya no juega en segunda B, aunque no haya banderas en Guzmán que lo aireen. Editores emergentes, escritores consagrados, poetas nuevos, cuentistas sobrevenidos, niños todos con sus besos y sus abrazos y sus juegos. “Mardito roedore”, dice Jinks en andaluz, una frase que sirve para traducir lo que dice en inglés que más o menos literal viene siendo: “despedazaría de odio a esos ratones”. Nosotros somos los ratones. El odio siempre será condicional.    

viernes, 19 de mayo de 2017

El primer«je, je». (Audio)

El primer "je, je". (En Hoy por Hoy León, 19 de mayo de 2017)

       Me puede lo racional, lo sé. Mira que lo intento, que trato de hacerte pensar durante estos tres minutos del viernes sin enredarme, que, cuando me siento a idear qué te digo, procuro recoger solo pensamientos sencillos que puedan entenderse fácil por la radio, porque yo sé que te gusta escuchar, que esto que escribo está pensado para ser oído al vuelo y no para ser sesudamente repensado. Y sin embargo, siempre vuelvo a las andadas. Será el eterno retorno ese que dice algún filósofo. El eterno retorno de lo mismo.

           El martes se estrelló una paloma contra el cristal de mi ventana a la altura de mi cabeza. No. No era Pentecostés. Tuve que mirarlo, porque me quedé sobrecogido por el suceso. Si estás tan tranquilo y se estrella una paloma en el cristal de tu ventana a la altura de tu cabeza, te da por pensar, no me digas. Luego me han dicho que es algo muy normal, pero a mí no me pasa todos los días. Vamos, nunca me había pasado. Uno nunca sabe cuál es la lista de las cosas que nunca le habían pasado hasta que le van pasando. ¿Ves? Ya me estoy enredando. Ya voy haciendo que crezca el ovillo. El eterno retorno de lo mismo. La vuelta del espíritu a la vivencia del pasado. La idea de que necesitamos superar nuestras contradicciones, avanzar en la misma espiral de experiencias que es nuestra vida. Cuando sentí el golpe de la paloma contra el cristal pensé que podría haberme dado en la cabeza. Ese martes era el día de las equivocaciones, el día de las hazañas imposibles. El miércoles, todas esas heroicas previsiones se hicieron impotencia. Era “O dia das letras galegas” y el escritor al que se ha rendido homenaje es Carlos Casares, quien escribió durante años una sencilla columna en la Voz de Galicia en la que relataba su día a día, eso que a mí me gusta llamar el pulso de la vida. En sus artículos no había tanto ideas como impresiones, sensaciones, emociones. Pero él era un escritor magnífico, claro. Y lo de la paloma quizá fuera un desliz.

          Seguro que has oído la noticia de que un camionero arrolló a un ciclista en una carretera de Ciudad Real y se dio a la fuga. Lo que no se ha dicho es que, según parece, el pobre chaval además de quedar hecho cisco por el golpe, se quedó sin bicicleta, porque algún listo que pasaba por allí pensó que no tenía dueño y la echó al coche. ¿Qué te impresiona más, el palomazo o el robo de la burra? Quizá ninguna de las dos cosas, ya sé, que ya no nos asombra nada. Podemos estar en medio del lago Michigan y ver pasar una banda de mariachis en una gabarra vasca y hacemos un par de fotos con el móvil y ya. Todo lo más lo ponemos en algún grupo de Whatsapp y alguien coloca unos aplausos o una ristra de caritas amarillas sonrientes o contesta diciendo: “je, je”.


         Ese miércoles del que te hablo, el día después de la llegada de la paloma, una amiga me hablaba de su hija, jugadora de baloncesto, y me decía que, por fin, después de muchos meses tras la operación a la que se había sometido debido a una lesión, le puso un “je, je” en el Whatsapp porque había podido entrenar sin dolor. A ver quién se atreve a poner el primer “je, je” tras el posoperatorio de la Plaza del Grano o de la autovía supra Lancia.

viernes, 12 de mayo de 2017

No gano para laca. (Audio)

No gano para laca. (En Hoy por Hoy León, 12 de mayo de 2017)

     El camino entre analizar y banalizar es demasiado corto. Y la tentación demasiado grande. Dicen que dice en la Biblia ­-yo no lo sé-, que la mujer es un vaso más frágil y que como tal debe ser tratada por el marido. Dicen que lo dice la Biblia, ya ves. Y yo lo que veo es que resulta tan fácil banalizar la cuestión, que caemos sin pensarlo en la misma trampa de siempre, porque creemos que esa fragilidad que dice la Biblia es real, es literal, como tantas imágenes que hemos asumido como reales cuando solo pueden ser metáforas, modos de hablar, de la misma manera que cada palabra dicha o pensada es solo un cristalito entre la realidad y tú, una tesela del mosaico de lo que hay, algo que construyes pensamiento a pensamiento.

     Ayer me hablaba de su hijo una mujer maltratada. No se trata de ningún vaso frágil: si me apuras, más que vaso, es martillo o cincel o azada, porque es coraje y vida y lucha. Es maltratada por la suerte, por la vida, por las circunstancias, quizá no por su marido –eso no lo sé: sería un loco si me atreviera a afirmarlo-, pero maltratada hasta el fondo más profundo de sus bellísimos ojos oscuros que espantan la tristeza en una risa que es medicina genética para cada instante de su vida. ¡Gracias a Dios! Sí, gracias a Dios, habría que decir. He leído por ahí que “nada real puede ser amenazado”. ¿Cómo podría serlo? ¿Qué amenaza puede perturbar la solidez de lo real? Esa mujer maltratada es sólida, es firme en su presencia y no puede ser amenazada. Ninguna amenaza le llega si no es el dolor real, su propio dolor, su propia angustia. Pero me hablaba de su hijo, de su indómito hijo adolescente, de ese hijo imposible de controlar que crece debajo de un inmenso tupé que se mantiene erguido como un milagro. “¡Si es que no gano para laca!”, dijo muerta de risa cuando se iba otra vez a la realidad, a esa realidad fría que la tiene helada de pies y manos. Y “nada real puede ser amenazado”, como también parece ser que “nada irreal existe”. Es Un curso de milagros.
        
     A propósito de la cuestión de las nuevas luminarias LED, me pareció escuchar que la portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento decía algo de un “futuro reciente”. Me imagino que le jugó una mala pasada el directo y que a lo que quiso referirse es a un futuro próximo. Me encanta la juguetona alteración. ¿Ves? Manejar un futuro reciente es un pequeño milagro. La cuestión de los 20 millones de euros ya la analizarán mentes menos banales que la mía. Yo me quedo con el milagro del tiempo, aunque sea verbal, porque es muy reciente todo lo que se ha dilapidado en reformas estructurales, en infraestructuras ultra necesarias, una especie de tupé con el que se maltrataron las arcas públicas, ese vaso frágil. Un pasado reciente del que tenemos que aprender. Me gustaría pensar que este cambio de luces no es un futuro reciente. Quiero decir, más de lo mismo. Otra vez un modo innecesario de inyectar dinero en la economía para que haya que elegir de nuevo entre Don Diablo se ha escapado y una sonata de Beethoven. Venga laca para el tupé y arriba los pelos que es mucho más eficiente la luminaria LED que la convencional. Y lo será. Y lo tendrán estudiado. Y se verá mejor todo. Y será estupendo, aunque pierdan los paseos por el centro ese sabor ámbar de las viejas farolas y alguien gane una millonada con el cambio. Un curso de milagros. “Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe”.

viernes, 5 de mayo de 2017

Razones por las que se ha helado tu hortensia. (Audio)

Razones por las que se ha helado tu hortensia. (En Hoy por Hoy León, 5 de mayo de 2017)

         Me hubiera gustado tirar de una idea que tuve hace unos días a propósito del despropósito y de la hipocresía de la corrupción. Era una idea muy vaga, algo que no terminaba de concretarse en nada, como esos devaneos judiciales alrededor de algunos aparentes casos de corruptelas varias. El pensamiento es un poco absurdo y es más una imagen que otra cosa. Verás, es algo así como que la historia, en su devenir dialéctico, enfrenta desde que el mundo es mundo a los que tienen con los que no tienen y que esa relación de oposición se ha ido resolviendo de un modo u otro en las diferentes etapas, en los diferentes momentos en los que la humanidad ha sido capaz de crear técnicas espectaculares para transformar el mundo. Sobre la legitimidad de los que tienen frente a los que no tienen y esas cosas no me voy a poner a discutir contigo, pero sí que estás de acuerdo en que esa tensión ha existido y existe.

La imagen que tenía en mente es que esa oposición se ha ido resolviendo de manera que algo tiene que ver por ahí, aunque sea metafóricamente, la estampa de una manzana. La manzana de Adán y Eva en esa primera toma de conciencia sobre la ingenuidad moral; la de Guillermo Tell, apuntando a la cabeza de la rebelión contra los señores feudales y abriendo la puerta al estado moderno; la de Newton, sentando las bases de lo que iniciaba el puente hacia la revolución industrial y finalmente la de Steve Jobs, simbolizando esta revolución industrial que dicen tercera y que puede que ya sea cuarta, una vez que vivimos en un mundo de robots e inteligencia artificial. No sé si es que la manzana nos recuerda, permíteme la imagen soez, que somos mamíferos y nos ata a la tierra o es que, como es el símbolo de la conciencia moral, ha pervivido de revolución en revolución en tanto que elemento que identifica la necesidad de conocer, el impulso genético hacia el conocimiento. Y esa idea de la que te hablo era que esto de la manzana Blancanieves, símbolo de pureza, de salud, de belleza si quieres, de perfección moral, se me deshacía en algo más burdo - yo que sé-: en un festival de chorizos como el que hubo el fin de semana pasado en La Bañeza. La imagen es un poco, parafraseando el título de la peli, que vamos con fabes y a lo loco. Lejos de las manzanas de la salud, atiborrados de grasiento chorizo con fabes y morro y oreja y manos y esas inyecciones inmorales de colesterol puro. Rodeados de corrupción.


         Y, claro, uno nunca está seguro de su santidad. Sé que me dijiste que se te había helado la hortensia, o quizá me lo invento. Creo recordar que dijiste que las heladas que han convertido el viñedo en catástrofe han helado tu hortensia porque estaba seca y no ha podido salvarse con un manto de escarcha, arroparse en humedad para salvar el frío de esta traidora primavera que ha helado tantos brotes. No ha habido solución para tus colores. Lucirás solo el rojo de los geranios o el capullo rosa de rosa que se ha quedado mirando cómo todos los que había a su alrededor ardían en hielo. Y la hortensia, como dicen en la fala cepedana, escurquillouse toda, que me parece que tiene un sentido un poco más picarón de lo que yo creo, pero que me encanta cómo le cae al pelo aquí a tu tragedia. Ya sabes, furon al ramusqueiro y pasó lo que pasó. Y así veo la política, olvidada de toda manzana, con fabes y a lo loco.

viernes, 28 de abril de 2017

¡Qué bien soplas, Eliseo! (Audio)

¡Qué bien soplas, Eliseo! (En Hoy por Hoy León, 28 de noviembre de 2017)

       Hay días en los que te gustaría soplar con fuerza y apartar esos nubarrones que te empujan hacia las laderas grises de lo que ves. Es como que pudieras apartar de un soplido eso que te aplasta para que el sol encienda un arcoiris en la suave ladera verde que no has sabido ver con tanta niebla. Pero eso del soplo tiene su arte, aunque, si lo piensas bien, es tan sencillo como querer hacerlo.

      No obstante, hay que saber soplar. Había un conocido de un colega mío que siempre era el que tenía que coger el coche cuando se iba de jarana con los amigos, porque era el único que no daba en el control de alcoholemia, aunque tomaran un par de vinos. Lo malo es que cuando los paraba la Guardia Civil había otro que, mientras soplaba, le decía: ¡Qué bien soplas, Eliseo! Y el guardia se mosqueaba, porque aquello tenía pinta de que le estaban tomando el pelo, pero el copiloto, por mucho que Eliseo le daba con la pierna, no salía de su admiración. ¡Qué bien soplas, Eliseo!, decía embobado. Pues ese es el cuento, que hay quien sabe soplar como nadie y apartar los nubarrones sin problemas y hay quien se deja la nube en el ojo y no es capaz de ver más allá de la tela de araña de sus obsesiones. Pero ayer por la mañana, en la clausura de las Jornadas Provinciales de Difusión de la Formación Profesional de León dijo María JesúsSoto que de todo puede uno recuperarse, pero que hay algo que no podemos perder porque lo tenemos de manera limitada, el tiempo. Lo explicó con una claridad terrorífica que calló de un soplo a todo el salón de actos: “de lo único que estamos seguros es de que nos vamos a morir”, dijo. Y lo hizo de tal manera que se quedó helado todo el mundo, como si nunca se hubieran parado a constatar semejante verdad. Hubo un momento tremendo de hiper-realidad, un soplido que barrió todas las conversaciones. Y apostilló: “Y, como el tiempo es limitado, ¡no lo perdáis!”

           Lo interesante del caso es que te lo dice una experta en inversiones, así es que ya sabes. Gestiona mejor o peor todo lo demás, pero el tiempo no lo dejes ir, no lo malgastes. Por eso, si crees que estos tres minutos no te aportan nada, si crees que esto que estás haciendo ahora al parar el coche para poder terminar de oír el comentario es perder el tiempo, apaga y sal ya. No te enganches a nada que no sea para hacer crecer tu tiempo, para extenderlo. Como decía aquel concejal cuando tenía que irse a una cena y su mujer le ponía mala cara: “¡Es oficial, Emilita!” Y como es oficial, déjate de nubarrones y atiende solo al arcoiris. Mira a ver de dónde arranca, en qué suave ladera crece. Y haz que tu tiempo sea tu mejor inversión. Haz solo las cosas que merecen la pena.


            Hablando de riqueza y de inversiones, ayer me encontré un titular en la prensa que me encantó. Decía: “León es incapaz de retener al 37% de los nacidos en la tierra”. Me encanta la ambigüedad de la frase, porque, aunque claramente nos habla del descenso tan dramático de población que las estadísticas han corroborado esta semana, también me recuerdaAmanece que no es poco”, aquella locura de película de José Luis Cuerda en la que Resines no podía con la risa. Allí sí que salían unos que nacían en la tierra. Una película para sentir la alegría, la mejor forma de emplear el tiempo. Fuera nubarrones: ¡qué bien soplas, Eliseo!

viernes, 21 de abril de 2017

Conjuntivitis. (Audio)

Conjuntivitis. (En Hoy por Hoy León, 21 de abril de 2017

       Algunos, muy pocos que yo sepa, la han tenido en el ojo izquierdo. Algo ha pasado en este brote de primavera que se le ha metido en el ojo derecho a tanta gente. Entre diez y veinte días, te dice el oculista, porque es una conjuntivitis vírica y el antibiótico no cura. En la mayoría de los casos la infección viene del cole y pasa de ojo en ojo, de niño en niño, de niños a padres, de padres a abuelos.

         Se me ocurrió pensar que esto de la conjuntivitis fuera una suerte de clave, una especie de señal, de marca. Un modo de decidir quienes son los elegidos para algo, de señalarlos. ¿Te das cuenta? Si tuvieras que inocular un extra de sensibilidad para que solo los que estén muy preparados sepan enfrentar lo que está por venir o si tuvieras que señalar a los elegidos para un hipotético Arca de Noé marciano, fíjate qué forma tan sencilla, qué manera tan sutil esa infección inoportuna, esa incómoda hinchazón, ese dolor detestable que te tiene dos semanas sintiendo una piedrecita en el ojo y llorando sin motivo, llorando sin cuento, dejándote ir en un río de lágrimas artificiales que consuelan tu malestar. Se me ocurrió pensar en esa tontería como manera de compensar la imposibilidad de hacerte la raya en el ojo, la sensación horrorosa de mirarte en el espejo y ver con el ojo izquierdo que tienes el derecho como Urtáin después de un combate. Lo curioso es que son las madres las que se infectan. Los niños y las madres, y algunas abuelas. Si fuera eso, si fuera que después de un fin del mundo necesario solo quedaran los infectados por el virus, el mundo se quedaría en la pureza de los niños y en el tesón cuidador de sus madres.

         Pero, lo ha dicho Marhuenda, “nunca, nunca es nunca”. Es decir, que siempre hay algún momento en el que suceden las cosas - ¡vaya rareza! – y ocurre que eso que pensamos que nunca podría suceder, sucede, porque nunca nunca es nunca, porque siempre sucede aquello que puede suceder. Y lo bueno es que ese paso adelante nos libera del virus. Otros tendrán que dar explicaciones, quizá a nosotros mismos se nos exijan, pero comprender que la providencia coloca las cosas donde están para que las movamos es un paso adelante para hacerse acreedor de ese virus que te señala. Se te hincharán los ojos. Quizá tus lágrimas no sean artificiales. Quizá vueles flotando sobre nubarrones negros de culpabilidad en una ilusión de naves extraterrestres evacuando la tierra. Quizá escuches una gaita solitaria en la Plaza del Cid elViernes Santo, como pasó este año aquí en León, mientras las calles se llenaban de procesiones. Quizá te acusen de haber agarrado con demasiada fuerza el asa de la libertad. Quizá no te hayas infectado y te quedes mirando al cielo cuando los demás se vayan, pero no estarás a solas.


         En su artículo de esta semana en El País, Leila Guerrero, recuerda una frase de TheloniousMonk cuando le preguntaron qué le molestaba para haberse retirado a vivir al margen de la música, la fama y todo lo demás. “Todo, todo el tiempo”, dijo. Hay veces que te molesta todo todo el tiempo, como si tuvieras una piedrecita permanente en el ojo, como si tuvieras un fuego en la mirada. Como si estuvieras infectado por el virus de la salvación.

viernes, 7 de abril de 2017

Búfalo Bill de espaldas a la Azucarera. (Audio)

Búfalo Bill de espaldas a la Azucarera. (En Hoy por Hoy León, 7 de abril de 2017)

Ayer este sol que parece que va a aguantar hasta que se recojan todas las procesiones, iluminaba la estampa de Roberto, sentado en un banco de la Avenida del Doctor Fleming, mientras dejaba pasar las horas en las yemas de sus dedos a través de la pantalla de un i-pad.

La imagen de Roberto en el banco, dando la espalda al edificio de la Azucarera, es la fotografía de una impostura. Date cuenta de que, de lo que nos habían prometido cuando se habló de recuperarla, va a quedar la fachada y poco más. No habrá nada dentro. Y eso es lo que ves, los elegantes muros soportados en un andamiaje de tirantes rojos que anuncian un futuro de cartón piedra, como esos decorados vacíos de opereta que parecen grandes palacios en la distancia y no son nada cuando se miran entre cajas. Ha sido una hermosa ilusión. En cualquier caso, aunque se llenase de algún tipo de actividad en el futuro, el prometido Palacio de Congresos y Exposiciones se va a quedar en la mitad: solo habrá Palacio de Exposiciones, de momento.

Sí. Roberto con su i-pad en la mano al sol del jueves era una foto de las de Mauri en la contraportada de la Nueva Crónica. Ha pasado más de veinte años en Miami -“en el pueblo de Miami”, me dice, “porque Miami es un pueblo”- y gasta sombrero de cowboy con una pluma azul a lo Búfalo Bill en la cinta, melena lacia, bigote y perilla sin recortar que crece hasta apoyarse en el pecho cuando dirige su mirada a las noticias de la tableta; de espaldas al futuro, que se queda a medio camino, como ese viaje suyo a las américas. “Me fui porque había que irse, que aquí no había nada, pero he vuelto y me encuentro que hay menos, que este barrio se ha convertido en un gueto, estrangulado por el río, por las vías del tren, por la propia Azucarera”. Y tiene razón. Lo que pasa es que en América tampoco encontró el paraíso en esa ciudad a la que se fue –“porque yo vivía en Denia, que sí que es una ciudad, no como Miami”-. Ahora, que está enfermo, pasea la máquina que le aporta un extra de oxígeno a sus pulmones maltrechos y busca el sol en el banco de la avenida. Se entiende que se ha venido a la Seguridad Social porque allí quizá el Obama Care no le alcance y menos en estos Trump-times. Pero esto solo lo supongo, que esta parte no me la contó.


Tiene uno la sensación de estar entre la tramoya de un rodaje. Lo malo es que si Búfalo Bill está sentado al sol en un banco mirando el i-pad, ¿qué pasa con los indios? Acuérdate de las películas de vaqueros del sábado por la tarde, de los carromatos puestos en círculo para repeler el ataque de los salvajes del salvaje oeste. Acuérdate de aquellas epopeyas de rostro pálido contadas a ritmo del séptimo de caballería. Acuérdate de estas grandes migraciones que finalmente terminaron en conquista, como la de los españoles en el sur de América. Piensa en el modo que cambió en tan poco tiempo el color de la piel de las personas que vivían en todo un continente. Pero piensa en tantas otras invasiones, por ejemplo en la del Islam primero y en la de los mongoles después en el norte de la India, cuando provocaron la migración de esos que hablaban una lengua común, la de los romá, y que mañana celebran en todo el mundo la fecha del ocho de abril como día internacional del pueblo gitano. Nada nuevo bajo el sol: Búfalo Bill de espaldas a la Azucarera.

viernes, 31 de marzo de 2017

No tocarte. (Audio)

No tocarte. (En Hoy por Hoy León, 31 de marzo de 2017)

          Ya sabes que me pasa con mucha frecuencia: se me queda bailando una vieja canción en la memoria y no soy capaz de soltarla. Ahora mismo tengo metida a fuego una de Radio Futura y siento como una obligación ese mandato casi caníbal, esa orden interna, ese salvaje “no tocarte” a ritmo de selva. “No tocarte o, quizás, podría devorarte”.

            Y me siento como ese hombre que ve tu pecado en su punto de mira, ese que está fuera del cuadro, el que se desentiende de la escena, el que no participa del festival de cuerdas y cuchillos. Comprendo que nos importa todo, porque todo lo que nos llega es nuestro, nos atañe, nos afecta. Acuérdate de que ya lo hemos hablado: hemos dicho que tenemos que librarnos de la mirada del otro y hemos sabido también que nuestra presencia altera lo que está con nosotros. Ahora toca el siguiente paso. Obligado a no tocarte durante tanto tiempo, comprendo el sentido animal de la letra de la canción, esa absurda imprecación: “súbete a un árbol, rompe tus medias, llora en un rincón”. Ciertamente. El paso siguiente está en el roce angustioso de la piel, en la imposibilidad de salir de ti mismo, en el gañido solipsista de tu yo. No hay nada más allá de tus impresiones, esas que se te clavan en el cerebro y hacen que sangren tus ideas de manera que, si crees tener otra clase de impresiones aparte de las que te dicta la piel, es porque esa sangre empapa tu mente y produce nuevas ideas que, aunque parecen ajenas, no han salido de nada que no seas tú, tú o tu propio sangrar.

            Esto te lo cuento porque me alejo del mundo, será la primavera. Y lo paradójico del tema es que, cuanto más me alejo, mejor veo lo que me pasa, más perspectiva tengo sobre la verdad de lo que hay dentro de mí. La música suena porque el “bosque se llena de humo” y en ese espacio - no voy a tocarte – las notas danzan de compás en compás. No hay miedo a que alguien pueda claudicar, aunque habrá quien hable del “precio que marca tu piel”.

            Y esa es la distancia que acerca las cosas. El ritmo que acelera el disfraz. La música que se esconde en el interior de tu cuerpo. Todo lo demás se enseña en las escuelas. Lo sé porque tengo distancia y he escogido escuchar el vuelo de las noticias, ya que lo que tengo cerca no lo entiendo. Y en el eco de la reivindicación de la construcción de un nuevo edificio para el Conservatorio siento la punzada de la distancia y me pregunto de quién son los edificios del Ayuntamiento, de quién los de la Junta, de quién los de la Diputación y no sé de quién son los del estado. Desde la distancia querría convencerme de que todo lo que es público tiene un mismo propietario, pero, ahora otra canción, me pasa como con el roce exacto de tu piel. Decía hace poco alguien que conoce el tema muy de cerca que el edificio actual del Conservatorio solo tiene el problema de la propiedad y que quizá era más sensato invertir en hacer de ese edificio en el centro un conservatorio moderno que hacer un nuevo edificio moderno en un barrio no tan céntrico. Hay que ganar distancia para saber qué hacer. Mientras tanto, si no puedo tocarte, prefiero no mirarte. Es mejor así.

viernes, 24 de marzo de 2017

En cuanto oscurece. (Audio)

En cuanto oscurece. (En Hoy por Hoy León, 24 de marzo de 2017)

En cuanto oscurece se abre el jardín del miedo. Es verdad que hemos buscado en la noche otras delicias, que los sueños más brillantes se derraman en la pantalla de la oscuridad, que el silencio oscuro de la noche se disuelve en el calor de un abrazo. Es solo que esa profusión de anuncios que nos alarma en la radio para que instalemos sistemas de seguridad porque han robado a los vecinos o porque han asaltado la tienda de Pedro, nos habla de nuestra privilegiada situación de confort a pesar de todas las carencias.

Te lo digo a ti, que estás escuchando ahora la radio, aún a riesgo de que acabes de recibir una carta de despido. Te lo digo sin saber si tu universo estable se ha volcado por un cambio repentino de condiciones, si has sufrido un terremoto inesperado. Te lo digo arriesgando mucho, pero con la sólida convicción de que, por muy mal que te vayan las cosas, tienes un margen para decir que la vida te trata bien. Y por eso sientes la necesidad de poner bajo llave tu bienestar, de asegurarte el nido frente a intrusos. Y eso lo sientes especialmente cuando cae la tarde, en cuanto oscurece. Quieres resolver tu crucigrama diario a salvo de sorpresas.

Pero no siempre es posible o no todo el mundo tiene esa posibilidad. Hace algunos días se podía leer en la prensa digital un titular que decía: La presión policial empuja a León a los menores que han atemorizado a los vecinos de Langreo. Bueno, en realidad no se trataba de todo Langreo; solo de la parroquia de Ciaño, que atemorizar a todo Langreo igual no es tan fácil y menos si los que atemorizan son un grupo de chavales. Lo primero que quiero decirte es que no te alarmes, que no hay riesgo de que esos chicos que han venido a León desde Asturias atemoricen aquí a nadie, porque ya se han vuelto a ir. Pero lo que me interesa es esa reflexión sobre el miedo. “En cuanto oscurece, tenemos miedo a andar por la calle”, señalaba algún vecino según se recoge en la noticia. Tenemos miedo a andar por la calle, porque se acercan a nosotros y nos molestan. Necesitamos alarmas para proteger lo nuestro. Claro que sí, porque, en cuanto oscurece, llega el peligro. Parece que pudieran quitarnos lo que tenemos, aunque se trate de niños que están pasando hambre, niños que no necesitan ningún sistema de seguridad en su casa, niños que no viajan a la playa en el verano, que rebuscaban comida en los contenedores. No podemos sentenciar solo con miedo la oscuridad de la piel de esos niños. Son niños. No es justo pensar que la solución sea solo policial. La piel oscura se pega al hueso y en el tuétano del miedo brota una semilla de odio.

Ayer estuve con un puñado de chiquillos de tres años que venían de ver en un planetario las estrellas. Eran un universo de colores; pieles de color aceituna, rostros más blancos, miradas morenas del norte de África, unos ojos de más allá del mar. “En Venezuela hay hambre”, dijo una. “Aquí hay comida y, cuando se acaba, están las tiendas”. Tendrías que ver cómo mordía cada uno su gominola, cómo apretaba su deseo al compás de su necesidad. Mordiscos voraces, pequeños pellizcos. De uno o de mil bocados. Todos salvo uno que solo chupó el azúcar de fuera y escondió el resto y otro que no sabía que aquello que tenía en la mano era para comer: un tesoro sin inhibidores.

viernes, 17 de marzo de 2017

Ratas. (Audio)

Ratas. (En Hoy por Hoy León, 17 de marzo de 2017)

     Así es que resulta que hay colonias de ratas. Al PSOE de León le han hecho llegar quejas muchos vecinos de diversos barrios por la presencia de ratas en la ciudad y, en muchos casos, a plena luz del día. Claro que las hay. La rata es un animal con muy mala prensa; yo creo que porque la asociamos con suciedad, con enfermedades, quizá directamente con el fracaso, el abandono o la muerte. Hace poco he leído que es un mito la idea de que las ratas transmiten la peste bubónica, que parece ser que ellas no son el problema, sino que el vector de transmisión de la enfermedad son las pulgas. Eso sí, las pulgas de las ratas. Por eso podemos decir sin miedo al error que tienen muy malas pulgas. Si estiramos la metáfora, vemos que sí, que hay muchas ratas por ahí sueltas y que, por lo general,tienen muy malas pulgas, pero yo, afortunadamente, nunca he visto una de esas.

     Pero no todo el mundo tiene un mal concepto de ellas. Hay personas que las tienen como mascotas y las cuidan, las limpian; les ponen nombre. No sé el grado de fidelidad de la mascota rata. Me imagino que no llega ni a un dos por ciento de la fidelidad de la mascota perro, pero quizá los dueños de mascotas poco habituales no buscan en ellas fidelidad o compañía. No veo, por ejemplo, cómo alguien puede sentirse acogido por una boa o por unaiguana, por mucho que se coma los insectos del jardín. Y sin embargo hay quienes tienen mascotas de ese estilo y no es como aquella moda de los caimancitos que hubo en Nueva York que ha hecho de las alcantarillas neoyorquinas uno de los lugares más peligrosos del planeta. Aunque quizá este sea otro mito.
     
     Yo sé que una vez tuve pececitos naranjas en una pecera redonda y se fueron por el desagüe del lavabo mientras les cambiaba el agua. Me imagino que serían alimento de alguna rata o que se pudrirían en el sifón del cuarto de baño. Uno de ellos se llamaba Estulticia y le escribí un cuento, un cuento que se ha perdido y que estará escondido entre los folios de apuntes de aquellas noches interminables de filosofía y Miles Davis y sueño y radio y, a veces, aire fresco en la ventana. Te juro que no los dejé escapar, se me fueron en un despiste. No es como esos americanos ricos que se compraban la cría de caimán y la tiraban por el inodoro en cuanto crecía un poco y se ponía a dar problemas.

     No sé si es un problema de salud pública que haya ratas por las calles. Lo que me sobrecoge es ese aviso de alarma, esa manera de decir que se permiten el lujo de dejarse ver a plena luz del día. Me pone en guardia, porque pienso que, en la oscuridad de la noche, la ciudad debe de ser un Hamelin desgobernado. ¿Te das cuenta qué horror? Y como no hay flautista que valga, habrá que recurrir al veneno. Parece que estuviéramos hablando de política: veneno y ratas. No de política, sino de eso en lo que se ha convertido la política que ya no es el arte de gobernar la ciudad, la manera de conducirla hacia su mejor fin, sino el modo de conseguir el mejor fin para los que gobiernan. O quizá me confunda. No quiero ser un agorero de barra al uso, aunque me parezco mucho hoy por el tono y por el fondo. Lo que pasa es que el vídeo de la rata caminando por el paso de cebra para esconderse debajo del coche blanco no tiene pinta de ser un montaje.

viernes, 10 de marzo de 2017

La casita de chocolate. (Audio)

La casita de chocolate. (En Hoy por Hoy León, 10 de marzo de 2017)

A veces piensa uno que son cosas del destino, que la vida trae y lleva y ata y desata y enreda y hace que uno se enfrente a todo su pasado en una mirada, en una línea, en una canción. A mí me pasó este fin de semana celebrando el sábado de piñata y, para que te sitúes, te cuento que podría haber sido en Astorga, donde tanto se celebra, pero que podía haber sido en cualquier otra parte. Y a mí me pasó el sábado, pero a otros os puede haber pasado el martes viendo un listado o puede que os ocurra esta tarde comiendo una paella a la luna de Valencia, o ayer tomando una cerveza en una terraza al sol de la orilla de un río o esperando, con el bisturí entre las manos, a que llegue el abogado del estado para diseccionar el cadáver de una empresa. Hay un momento como ese en el que sabes que ya puedes decirlo, en el que te lanzas al vacío y lo sueltas: voy para allá; ahora que Herrera anuncia que lo deja, yo estoy en la carrera y voy para allá. 

Y te enfrentas a todo lo que te pasa.

Es una suerte que te pille con paso firme, que no te asole ninguna sombra la mirada, que ese momento de verte sea lúcido y traspases todos los parapetos del tiempo con solo tomar consciencia de dónde estás y lo que quieres. Siempre hay que hacer una pequeña trampa, hay que sacar el hueso de la pata de pollo para que la bruja crea que estás muy delgado y que no vale la pena comerte. Hay que mantenerse a salvo para poder escapar en el momento justo de la casita de chocolate. Y no quiero que nadie piense lo que no es, que ahora no estoy hablando de mí, esto es solo política. Es una cuestión de estrategia. Es la jugada de Silván, la que supo hacer en su día para poder estar ahora en la carrera de vuelta a Valladolid. Ha sabido estar en la casita de chocolate y mantenerse aparentemente flaco. Sin duda saldrá fuera de la jaula y no le pasará lo que a mi admirada Lola, que se hizo un selfie y se lo mandó a su abuela con un mensaje que decía: “mirando a la nada, pensando en todo”.

¡Cómo me gusta esta niña! No ha cumplido nueve años y ya se le ocurren tratados de Filosofía. ¡Mirando a la nada, pensando en todo! Me gustaría saber que eso es posible, que existe esa lucidez, esa capacidad total de comprensión. Cuando nos pasamos la vida mirándolo todo y sin pensar en nada, esa idea de la libertad que transmite Lola con su selfie es absoluta. En la carrera por escapar de la casita de chocolate es preciso alcanzar esa libertad de no mirar nada, para pensar todo, para tener todo bajo el control de la propia voluntad. Pero uno nunca corre solo en esa carrera, todo el pasado va con uno y al lado corren otros que escapan en la misma dirección, por el mismo agujero por donde solo cabe un aspirante. Esa angustia terrorífica de la claustrofobia del estrecho agujero por el que solo entra un candidato podría evitarse si hay acuerdos o puede que haya carrera hasta el día primero de abril y hablemos otra vez del Día de la Victoria, sea de Silván o de Mañueco.


Ya sabes que el jueves que viene se inaugura el Salón Internacional del Chocolate en Astorga. De la piñata al SICA. De los disfraces del pasado al dulce futuro. Mirando nada, pensando todo.

sábado, 4 de marzo de 2017

Del laberinto al treinta. (Audio)

Del laberinto al treinta. (En Hoy por Hoy León, 3 de marzo de 2017)

Me quedo esta semana con dos noticias, aún a riesgo de que me regañe una vez más mi amigo José Luis, quien siempre critica esta manía mía de no centrarme en un solo tema. Me queda el reto de hacer de dos temas uno, quizá aprovechando que este lunes me mandó una foto desde la tumba de Hegel y, si resulta que ser y nada pueden ser la misma cosa, podré hablar yo de "simpas" y partos como si fuesen aspectos de un mismo devenir.

Porque no me digas que la historia de Lía no te enternece. No me digas que no se te dibujó una sonrisa cuando escuchaste al taxista explicar todos los detalles del nacimiento de la niña al pasar el peaje de la autopista. “Ojalá todas las mujeres pariesen así”, dijo. Me parece que esta es la tesis de la vida. La cara “A” de la dialéctica. Ese deseo tan puro de que se produzca la vida en ausencia de sufrimiento, esa convicción de que vale la pena nacer en una autopista en mitad de un festival de luces de emergencia es un manifiesto a favor de la inocencia. Es como esa cara del tablero en la que está dibujado el Juego de la Oca, un juego en el que no hay estrategias, tan solo el devenir azaroso de los acontecimientos y las fichas viajan de oca a oca o de puente a puente, hasta que llegan al estanque final o se pudren en el pozo o se atascan en la posada o vuelven a empezar si son atrapadas por la casilla de la muerte. Pero no hay intención, no hay planeamiento, no hay nada salvo el ruido del dado en el cubilete y el contar manso que es ir dejando que transcurran los días.

En el otro lado del tablero, el Parchís. Esa es ya la antítesis. No hay nada puro en este juego, porque el azar es decisivo, sí, pero la estrategia es determinante. Las reglas del juego permiten planificar tácticas, obligan a tomar decisiones y el pasar del tiempo de juego no es un transcurrir sencillo, sino que intervienen las ideas del contrario como barreras que bloquean o ataques que agreden. El Parchís es esa otra vida en la que uno no juega llevado por el tiempo, sino contra el propio tiempo y contra los otros. Hay que bloquear, impedir, comer al otro. Como estos pillos de los “simpas” bercianos, que dejan vacías las sillas del banquete y huyen de la factura a toda prisa. Me parece imposible que personas con un mínimo de arraigo en la sociedad en la que viven sean capaces de escapar así. En un tiempo en el que nos sentíamos dentro de una sociedad en la que éramos conocidos y reconocidos, a nadie se le ocurría saltarse de este modo las reglas del juego. Nadie se atrevía a semejante fechoría. Imagino la incredulidad en las gentes de los restaurantes al ver vaciarse a toda prisa la sala en un momento en el que todo el mundo está pensando en la felicidad.


Pureza y optimismo de un lado. Decepción y pillería del otro. La Oca y el Parchís. Las dos caras de una misma realidad. Solo que no encuentro la síntesis. No encuentro el modo de aunar esas dos caras tan divergentes de la naturaleza humana. O tal vez sí, tal vez esté en el gen de España: picardía y mística, santos y granujas. No sé qué pensará mi amigo José Luis desde la tumba de Hegel. Quizá se haya pasado al tablero de ajedrez, que permite jugar a la vez a tantas cosas con la inquietante condición de que no intervenga la suerte. Quizá esta sea la solución, que comes una y cuentas veinte y vas del laberinto al treinta para que te den jaque mate.

viernes, 24 de febrero de 2017

Un rinconcito del mundo. (Audio)

Un rinconcito del mundo. (En Hoy por Hoy León, 24 de febrero de 2017)

Ayer, a las nueve de la noche, la noticia más leída en la web de Radio León era esta: “Cazan a una conductora de 70 años a 145 km/h en un tramo limitado a 50 en Cistierna”. Ya sabes por dónde voy, claro. Ya me vas conociendo: ¿Qué es lo que nos interesa de la noticia? ¿Que se trata de una mujer? ¿Que tiene setenta años? ¿Que triplica la velocidad permitida en ese tramo?

Quizá el dato definitivo resida en que haya ocurrido en Cistierna o en lo que se nos cuenta después: que conducía un Mercedes. Es como que ese hecho, el de que condujera un Mercedes, nos aporta una explicación extra que nos deja más tranquilos. No es que condujese tan deprisa porque se le hacía tarde para llegar a una cita con su amante o que se le pasaba el arroz de una paella; no es que tuviera que recoger a sus nietos en la guardería o que se le secasen en su invernadero las rosas más hermosas que nadie ha cultivado nunca; no es que se hubiera dormido con el pie sobre el acelerador o que se hubiera despistado oyendo un comentario sobre sí misma por la radio; es que conducía un Mercedes y eso lo explica todo. Desde luego, está descartado como explicación, o al menos debería estarlo, el hecho de que se trate de una mujer o el de que tenga setenta años. Tal vez deberíamos dejar la historia en la categoría de anécdota y situarla en que alguien, hombre o mujer -eso no importa- conducía muy deprisa -no importa si por Cistierna o por Villamoros- y el radar de la Guardia Civil fotografió el coche –tampoco importa mucho si era un Mercedes seiscientos o el seiscientos de Mercedes-. Solo que, si hacemos esto, la noticia ya no le interesa a nadie.

No estoy criticando al periodista. No me malinterpretes. Estoy criticándonos a nosotros, que nos agarramos a las historias por elementos que no tienen nada que ver con el fondo. Nos gusta que nos cuenten estas cosas, que nos alimenten con fuegos fatuos que enseguida se disipan, porque el fondo de las historias de cada día nos resulta demasiado pesado, sobre todo en este febrero alargado y sombrío, que por fin ya se va disfrazando de marzo y primavera al terminar el carnaval. La primavera viene desde Galicia por la A-52. La pudimos ver el lunes y el martes abriendo los primeros compases de un festival de olores y de color en un rinconcito del mundo: el espectáculo de las mimosas floreciendo en la ribera del Miño. Estarán explotando ahora, regalando la hermosura de un paisaje dibujado de amarillo y dulce. Si se te ocurre ir por allí, no lo hagas rápido, seas quien seas y conduzcas el coche que conduzcas. Déjate llevar por el abrazo amable de la carretera y disfruta de todo lo que sale a tu encuentro. No quieras solamente llegar.

Ahora que sabemos que hay planetas que se parecen a este a solo cuarenta años luz, ¿por qué no nos tomamos la molestia de ir despacio para poder disfrutar de las mimosas en flor y de la radio? Quiero decir que, teniendo tanto y tan hermoso al alcance de la mano, es ridículo que nos vayamos a la velocidad de la luz a una estrella de nombre extraño. ¡Vuela, si quieres ir a otro mundo! ¡No te quedes en el parapeto del nido! Pero vuela en calma y abre los ojos para ver todo eso que tienes a tus pies y, sobre todo, no vayas a ciento cuarenta y cinco por donde hay que ir a cincuenta.