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viernes, 9 de junio de 2017

La mirada del gorila. (En Hoy por Hoy León, 9 de junio de 2017)

         La primera vez que estuve en el Retiro lo hice de la mano de mi padre. Habíamos entrado por la esquina de Menéndez Pelayo junto a la Plaza de Mariano de Cavia. En mi recuerdo lejano sé que atravesamos la Rosaleda y en mi imaginación se dibujan puentes y arroyos, espacios mágicos para el juego, para el disfrute de otros chicos que tuvieran a su disposición aquel escenario de fantasías infinitas. Sé que no me solté de su mano, que temía perderme en aquel mar de senderos y que la seguridad de su presencia era el único modo de avanzar. En esa parte del parque por la que andábamos, junto a la Avenida Menéndez Pelayo, estaba la antigua Casa de Fieras del Retiro. Habíamos cruzado tan deprisa los jardines porque caminábamos hacia allí, hacia aquella verja verde que se abría a un universo de olores y miradas, colores y aventura. Ya había leído a Emilio Salgari y a Julio Verne, ya tenía una idea de lo exótico, había visto en aquella tele de blanco y negro películas de Tarzán y del Oeste, pero era la primera vez que tenía enfrente de mí un tigre, un león, un oso. Esa Casa de Fieras, aquel vetusto zoológico, está tomado hoy por los libros. Algunas dependencias se han transformado en la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías y en el paseo que está justo al lado se instala la Feria del Libro de Madrid.

         Ayer me invitó Héctor Escobar a un acto de firma de libros en la caseta de Editores de Castilla y León para promocionar Déjame decirte qué día es hoy, la novela que ha publicado en enero de este año la Editorial Eolas. No me preguntes por qué me vinieron al recuerdo las jaulas de la Casa de Fieras. Los libros, en los mostradores, esperaban el río de curiosos que caminaba en la placidez de la tarde calurosa con bolsas en las manos, asomándose a las casetas en las que los autores firmábamos, mostrando un interés en muchos casos impostado. A mi lado un joven autor hablaba con sus amigos de tendencias en las redes y planes para los próximos días. Cada poco se detenía algún curioso y le preguntaba por el precio de libros que no eran el suyo, confundiéndolo con un dependiente. Él se debatía entre ser amable o estar a su interés y finalmente intentaba colocar su producto hablando de Machado o de otros poetas con cierta despreocupación. Sé que citó a Machado, por Antonio, usando palabras de Manuel y que alguien le corrigió la cita y respondió con un: “¡Qué más da Manuel o Antonio, Machado al fin y al cabo!”

         Tal vez esa idea de fieras enjauladas sea solo para quienes se dejaron atrapar. Nosotros, otros autores que andábamos por ahí, todavía nos movíamos en libertad y entrábamos y salíamos a la jaula de las fieras, sabedores de que un escritor desconocido no está preso del interés de los demás. Incluso un Machado puede perder el nombre en este zoológico de las letras. Pero, en medio de tanta pose, estaba la verdad. Yo la supe después, cuando reconté los hechos y supe quienes habían estado conmigo. No es que los que no estuvisteis no contéis, es que los que estuvieron cuentan mucho. Sobre todo dos jovencitas, una que se escondía en su móvil y en la esquina de la caseta, que fue de la mano de su padre a visitar esta moderna Casa de Fieras y otra, la hija de mi amigo Juan, que me ganó con un cacahuete al hablarme de su gusto por la lectura, de sus intereses, de que hay futuro para el libro.